Una de las características del ejercicio de la política que más detestan los ciudadanos en general es la necesidad que se tiene de ocultar las intenciones para que no las descubran los adversarios; aun sabiendo eso, los electores siguen votando por lo que dicen los candidatos en lugar de votar por las ideas que realmente representan; no miden las consecuencias de entregar su valiosa partícula de poder a quien los puede perjudicar con su ideología, al implantar un modelo de sociedad.
Los expertos en marketing aprendieron hace mucho que el consumidor promedio actúa por impulsos emotivos, no siempre por la razón; podemos comprar un auto seducidos por su publicidad, pero ante la evidencia de su ineficiencia, difícilmente volveríamos a adquirir un producto de esa marca; en política actuamos diferente, porque hay mucha publicidad encubierta, desde el comentario del presentador de TV hasta el manipulado enfoque de las noticias, investigaciones y manifestaciones públicas.
Así, confiamos en el mismo que nos vendió un Toledo y nos vamos de la tienda habiendo cargado a la tarjeta un Ollanta; muchos reclamaron la devolución de su voto, pero con Castillo no podrán hacerlo, pues la decisión electoral no tendría opción a reclamos ni devoluciones. Ciertamente, el instrumento de tantos años de manipulación fue la temida Keiko Fujimori, que carga con el activo y el pasivo del gobierno de su padre, pero tendrá ahora solo un grupo minoritario de congresistas y es la única capaz de evitar que el país caiga en manos de un comunista declarado, líder de la facción más radical del SUTEP, señalada por su vecindad ideológica con Sendero Luminoso.
Castillo no requiere usar sofisticados razonamientos para convencer a muchos peruanos de elegir voluntariamente ingresar al modelo chavista, al comunismo latinoamericano del siglo XXI de probada capacidad para destruir las economías nacionales, le basta invocar los prejuicios, desafectos y odios que Alberto Fujimori provocó en mucha gente durante los discutidos años de su gobierno. Lo cierto es que no hay fundamento para pensar que Keiko quiera o pueda liderar un gobierno autoritario o que disponga de las excepcionales condiciones de los 90 para concentrar poder; es posible que suceda exactamente lo contrario, pues para ganar y para mantenerse en el cargo le será imprescindible contar el apoyo de las fuerzas democráticas de derecha y centro político, y así enfrentar los retos más urgentes: vacunar a toda la población y recuperar la economía. No se trata de apoyar un nuevo gobierno fujimorista, sino de construir un gobierno plural para salvar la democracia.