A comienzos de este año, todo era felicidad. El ingeniero Martín Vizcarra había descifrado que podía gobernar el país fácticamente. Nos había prometido mil colegios, ochenta hospitales y un año auspicioso para la Economía. Solo muy lejos, en la ciudad de Wuhan -en la China- se empezaban a escuchar rumores de un nuevo tipo de coronavirus altamente contagioso y letal. Mientras el virus se esparcía por el mundo entero, el ingeniero Vizcarra encontró la forma de ser el partero del congreso que -en una relación incestuosa- había engendrado con buena parte de la prensa y de la opinión publicada. Tan suyo era ese congreso que hasta foto se tomó con cada uno de sus 130 miembros cuando recibían credenciales. Martín Vizcarra se había alzado con una victoria histórica: había encarcelado o derrotado a todos sus enemigos políticos y después de una larga lista de traiciones se había instalado, con el beneplácito de las mayorías, en Palacio de Gobierno. En febrero, sin embargo, la plaga llegó a esta región. El ingeniero Vizcarra llamó a la calma y tras una breve deliberación, tomó medidas.

Todos los peruanos fuimos encerrados por 106 días, sin importar que cientos de miles de familias no tienen agua potable ni baños dentro de sus viviendas. Sin importar que millones de peruanos viven en esquemas de economías de subsistencia y que hacer compras para una semana es, todavía, un lujo saudita para todos esos compatriotas. Poquísimos lo criticamos. Dijimos que no era sostenible una cuarentena rígida en una Economía esencialmente ajena a la formalidad. Algunas voces advirtieron que las pruebas rápidas no eran eficientes, que faltaría pronto oxígeno y que debíamos apurarnos en el inicio de las gestiones para la compra de la vacuna. Pero, por supuesto, la narrativa oficial era otra: los delfines habían vuelto a la Costa Verde, Lima se desgañitaba en aplausos a nuestra heroica policía (heroica era por ese entonces) y Vizcarra, decían los más inteligentes, era un estadista sabio: “El presidente de la crisis”. Los pocos que dimos la contra fuimos los cojudos del barrio: pesimistas, antipatriotas, fascistas, invente usted. Vacaciones largas; Netflix dignidad. Bien.

Cuando preguntamos por qué el señor Vizcarra y el ahora tristemente célebre Víctor Zamora -que como buen comunista trajo más muerte que patria- no respondían preguntas y repreguntas a la prensa. El ingeniero Vizcarra, casi vestido de púrpura -princeps, primus inter paris (tú googlea, Martín)- nos dijo como a un senado de imbéciles que a él lo juzgaría la Historia. Y que dejemos a su gobierno hacer su trabajo. El poder lo tenía él, pero como buen trepador cainita jamás estuvo cerca de entender la esencia del poder. Y esa es que éste es efímero. Entonces, terminado este año, y en un esfuerzo por rendir homenaje a las pocas, pero notables, excepciones que desde sus trincheras advirtieron lo que vendría intentaré honrar aquella frase que quienes hemos pasado por una redacción nos hemos emperifollado repitiendo en voz baja: estamos escribiendo el borrador de la Historia. ¡Pamplinas! La Historia la escriben los que ganan y no estamos escribiendo nada más que palabras que el viento se llevará esta misma tarde. Pero como columna de estribo de este 2020, me entregaré a Clío, Martín.

Martín Vizcarra quiso que sea la Historia la que lo juzgue. Como viene la mano, su primera página irá más o menos así: Martín Vizcarra cerró fácticamente un congreso con la aprobación de un Tribunal Constitucional cuya resolución sigue siendo materia de intenso debate. Poco después, con la llegada de la pandemia, fue uno de los primeros presidentes en tomar medidas. Los resultados con los que dejó Palacio de Gobierno -vacado por 105 de sus 130 entenados parlamentarios- fueron bastante tristes. Y, como mucho se dice, en la Historia hay siempre espacio para que cada quien tenga sus propias opiniones; pero no sus propios hechos. Martín Vizcarra dejó la presidencia con el Perú en el primer lugar en el mundo en términos de índice de mortalidad. Jamás dijo la verdad sobre cuántos peruanos habían muerto, con la complicidad de sus ministros. La Economía peruana se contrajo más que ninguna otra en el mundo. Casi 8 millones de peruanos perdieron el trabajo y sin duda más de 50 mil familias perdieron alma por falta de oxígeno, por mal diagnóstico o por mal tratamiento.

A pesar de que el Perú se iba muriendo, tu gobierno no cerró contrato con ninguno de los laboratorios que empezaban ya a producir la vacuna. Y, siendo el país más afectado en términos de muerte, fuimos de los últimos en inmunizar a nuestro pueblo. Pero la Historia, Martín, no dirá solo eso. A ti no te vacaron por incompetente, ni por inepto -y vaya que lo fuiste-. Te vacaron porque se alzó una cordillera de indicios de que además de un presidente fracasado, habrías resultado ser un presunto coimero, un probable ladrón, un posible conspirador de la peor estofa.

Y, sin condicionales, un contratista de raqueteros del Lawn Tenis, un adalid del nepotismo menos ilustrado, un conversador alegre que, mientras el país se ahogaba literalmente, se reunió a pensar en cómo eliminar pruebas de la entrada de un cantante con alma de proxeneta a Palacio de gobierno y alinear coartadas con tus personas de confianza, a las que luego traicionaste. Trataste de postular al congreso y tu candidatura fue, al menos al inicio, declarada improcedente. Luego -arcanos dixit- viviste en Piedras Gordas.

Tus más avinagrados detractores dirán que te esperan Judas, Caín, Efialtes y Ptolomeo en el noveno círculo del infierno. Yo quiero ser más amable contigo. Porque hasta para ser traidor hay que tener cojones. Tú, Martín, pasarás a la Historia como un pusilánime. Como un incapaz de enfrentar la realidad. Como un experto en la cosmética. Como un campeón de los mediocres y como uno de los peores hombres que jamás tuvo -por designio de la suerte y tu mala entraña- tanto poder en el Perú. Cuando pase esta tormenta y toque, con el cuidado y perspectiva, que llegue una verdadera aproximación a la Historia reclama, te van a pedir cuentas. Y todo lo que has escondido se irá filtrando. El Perú y el mundo sabrán, finalmente, qué hiciste, con quién y en dónde. Quizás hasta en video lo veamos. Pero mientras ese tiempo llega consuélate con saber que el juicio de la Historia no te colocará como un gran tipo polémico -que despertó pasiones y desencuentros-. Serás una nota a pie de página en un momento de demasiado dolor. Un hiato. Un error. Te la dejo en buen castizo, Martín: fuiste un breve pedo.