La audacia del mandatario Castillo es de vértigo. Durante su viaje por Norteamérica se ha reunido con diversos personajes de la política y economía primermundista. Gente acostumbrada sólo a prestarle oídos a mensajes brillantes, pronunciados con absoluto respeto, debida sintaxis, correcto uso del idioma, etc. Aunque sobre todo, preñados de lógica, sinceridad y verdad. En este caso ocurrió lo contrario. Castillo quiso tomarles el pelo a personas preparadas en las mejores academias. ¡Intentó engañar a expertos en cabildeo político, aparte de especialización en los sectores privado como público, tanto productivo, financiero, abogadil, etc.! Por ello presumimos que, al inicio, Castillo debió haberles causado compasión; luego desconcierto, bochorno, suspicacia. Y finalmente, esa indignación que genera constatar tanta incoherencia, improvisación y doblez en sus intervenciones plenas de demagogia y falacia. Como ocurrió con los discursos que pronunció en la OEA y Amcham. Ambos muy posiblemente escritos por especialistas en escopetas de dos cañones, habituados al juego capcioso al que suelen apelar los izquierdistas para anestesiar a su audiencia. Vale decir, hablarle sólo de aquello que quieren que les escuchen. De esa manera Castillo se sobregiraba frente a un auditorio demasiado avispado y recorrido como para admitirle el contrabando. Hablamos de un público conformado por estadistas de mucha talla, burócratas de alto nivel, ejecutivos de carrera. Es decir, gente experta, conocedora de las realidades de nuestra nación, a quienes no les impacta el verbo chabacano. Su misión es escuchar, analizarlo con sus gabinetes de asesores, revisar los archivos y sacar conclusiones. En este orden de ideas, es probable que a Castillo finalmente ni vayan a tomarlo en cuenta. Atreverse a lanzar frases plañideras que únicamente degradan al país al cual representa como mandatario –“no tenemos agua, desagüe, luz, vacuna, etc.”- o procurar impresionarles con premisas irresponsables, como sostener que en el Perú campea la corrupción –“tenemos tantos corruptos que los podríamos exportar”-, debe haberles producido alergia a los ocasionales escuchas. Definitivamente el efecto debe haber sido opuesto al esperado. Porque el hecho que un profesor improvise de estadista para ablandarle el corazón a calificados jerarcas empresariales y altos funcionarios públicos con larga trayectoria –entre quienes la palabreja “compasión” sencillamente no existe- revela que Castillo actuó como calichín. Analicemos la incongruencia del presidente peruano. El solo hecho de invitar a que los tagarotes del mundo de las finanzas y el poder internacional inviertan en un país colmado de corruptos es, sin duda, una intolerable temeridad. ¡Porque significaría convertirlos en cómplices de la corrupción! Asimismo, resulta inaceptable pretender persuadirles que inviertan decenas de miles de millones de dólares, en una nación donde el comunismo cogobierna con un partido político que ganó una elección en primera vuelta apenas con 19% de aprobación; donde el cuerpo del genocida más grande de América permanece sin ser incinerado tras doce días de muerto porque el presidente no se atreve a ordenar que hagan cumplir la norma; y adonde Castillo busca reemplazar la actual Constitución librecambista por otra de características chavistas. Aquello es menospreciar la inteligencia de las personas a quienes congregó, extendiéndoles su mano.

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