La Navidad es el símbolo de la Paz en todo el mundo. Es el momento en que los 7,300 millones de terrícolas hacen un alto en sus jornadas, evalúan el pasado, examinan el presente y piensan en un futuro mejor. Son tiempos de alegría, paz, concordia y unión. Precisamente, todo lo contrario a esta pesadilla que está viviendo nuestra patria, por culpa de sujetos incalificables que se encaramaron en la presidencia de la nación sin siquiera saber, menos entender, los fundamentos y ejemplos de todo buen estadista. Es decir, una persona capaz de administrar la vida, salud y hacienda, en nuestro caso, de 32 millones de seres humanos. Por culpa de estos impresentables gobernantes, la gran mayoría de peruanos ha pasado una triste Navidad. Hastiados por su angustia, dolor y furia consigo mismos; enconados con su país, desunidos hasta con su propio entorno familiar, amical y laboral; y ciertamente plenos de desesperanza. Mayor daño y penuria que esto no puede deseársele ni siquiera al peor de los enemigos.

Los principales artífices de esta hecatombe que se ha producido en el Perú son nada menos que los últimos presidentes que han gobernado nuestra patria como si fuera su patio trasero. Sus apellidos hay que recordarlos siempre. Uno es el ladrón-corrompido Humala, que destruyó nuestra macroeconomía. Otro es Kuczynski, personaje brillante aunque desmedido en sus ambiciones, quien no pestañó para valerse de la autoridad que tuvo como ministro y premier de la República, pactando con una empresa corrupta como Odebrecht y después rodeándose de una mafia progre-marxista alucinando que le serviría de guardaespaldas en una eventual investigación pública por sus andanzas. Heredó ese cargo un sinvergüenza, cleptómano, mitómano apellidado Vizcarra quien, en plena pandemia, gestionó el país con engaños propiciando la muerte de decenas de miles de peruanos que no recibieron ayuda del Estado debido a las negligencias de este sujeto quien, arteramente, se negase a adquirir las pruebas moleculares –como mecanismo fundamental para morigerar los contagios entre peruanos- y abstuviese de comprar plantas de oxígeno, con lo cual los hospitales fueron incapaces de salvarle la vida a varias decenas de miles de compatriotas. Menos aún compró camas UCI, para atender la demanda de los enfermos que clamaban por una de ellas para no sucumbir, como lamentablemente les ocurrió. ¡Finalmente tampoco adquirió vacunas! Y ahora un personaje de novelas, apellidado Sagasti, se dedica a resguardarle las espaldas al tal Vizcarra, respecto a sus crímenes de lesa humanidad. Además, cual autócrata arrasa con la policía y ofende a las Fuerzas Armadas, en los precisos momentos que el Perú se debate frente a una espeluznante crisis de inseguridad social, dejando abandonada a la ciudadanía ante las hordas subversivas y el crimen organizado.

Con absoluta razón, pasarán una infeliz Navidad los familiares del Oficial de la Marina Peruana Manuel Valladares Neyra, cobardemente fulminado por sendero en el Vraem. Sagasti se negó a calificarlo de héroe; aunque sí lo hizo con dos requisitoriados por la Justicia muertos incendiando Lima, atizados por el comunismo que, con Sagasti como títere, cogobierna el Perú.