Esta no es hora de lamentaciones, sino de reflexionar profundamente sobre las estrategias seguidas por los enemigos de la democracia; y hacer una autocrítica profunda.
Nadie honesto puede decir que el triunfo de Pedro Castillo en la primera vuelta electoral era algo previsible. Hace un mes y medio, aproximadamente, empezó a aparecer en el tablero del proceso como una pequeña luz intermitente a la que no se le prestó mayor atención.

Hoy, con mínima perspectiva es factible decir que este candidato representa a un sector amplio del mundo andino y rural de nuestro país que ha sido groseramente ignorado y maltratado sobre todo por los tres últimos gobiernos, de PPK, Vizcarra y Sagasti. Si en las grandes ciudades la situación frente a la pandemia y la crisis económica es grave, la desatención en las regiones internas es clamorosa. El desprecio de los políticos y la entropía de la administración pública ha llevado a que importantes segmentos poblacionales, sobre todo en el sur del Perú, sean abandonados. Y es allí donde la prédica de Castillo ha prendido.

Discrepo, sin embargo, con quienes ven una victoria ideológica. No es que el 16% de los peruanos se haya convertido al marxismo. No. Castillo con su radicalismo canaliza la voz de queja y desesperación de sus electores; y la representa, además, con una mezcla de dureza antisistema pero con un conservadurismo social mayor que el que podría tener un católico como López Aliaga.
Pese a pertenecer a una corriente a la izquierda inclusive de Patria Roja, este candidato vinculado a Conare y al Movadef es apenas un paso anterior a Sendero Luminoso. Una mezcla de estalinismo del siglo XXI, pero con estrategias revolucionarias maoístas.

Por lo tanto encarna a una amenaza concreta para el modelo de república liberal; y en esa dimensión debieran entenderlo quienes indirectamente lo han aupado desde el cartel mediático, los caviares, los globalistas y los contestatarios. Ellos, con su falso liberalismo y sus prácticas corruptas serían, literalmente, los primeros fusilados en un régimen totalitario.
La lucha política contra esta especie de monstruo ideológico exige ahora replantear profundamente los argumentos de los partidos democráticos (de la inexistente derecha) para lograr la unidad programática sobre la base de acuerdos mínimos. Y esto independientemente de quien pase a la segunda vuelta electoral.
Si eso no se lograse el país irá a un modelo mucho más a la izquierda que el venezolano. Estamos advertidos.