Dícese de una persona ruin, aquella despreciable por cometer malas acciones, con falsedad, hipocresía, traición o engaño. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) ha descrito exactamente la conducta atribuible al presidente Martín Vizcarra.

Todo lo que se ha dicho sobre él, quedó opacado por su ruindad. La que ha sido puesta en evidencia con el uso político de la pandemia. Un gobernante (de acuerdo al Contrato Social inspirado en J.J. Rousseau), es aquel que utilizando parte de los derechos naturales que el pueblo ha puesto en sus manos, así como los recursos, asume la responsabilidad de administrarlos en provecho de la población, y no en el de él mismo.

En ninguna circunstancia, aprovecharse de los problemas que nos aquejan, haciendo uso político de ellos con fines subalternos. Por eso es ruin Martín Vizcarra. Utilizar los recursos que hemos decidido poner a su disposición, para fines mesiánicos y egocéntricos, es además, una degradación del sistema democrático. Es sacarle la vuelta al Contrato Social, y servirse de él para estafarnos.

La pandemia no lo sorprendió como ha repetido varias veces. En diciembre, diversos medios de comunicación internacional, nos alertaban. Y el Ministerio de Salud, el 31 de enero del presente año, aprobó mediante RM N°040, el “Protocolo para la atención de personas con sospecha o infección confirmada por coronavirus (2019-nCOV)”. El 31 de enero se aprobó dicho informe elaborado los primeros días de ese mes. Esto demuestra la calidad de Presidente que tiene el país, que mintió diciendo haber sido sorprendido.

Luego la historia es hartamente conocida. Martín Vizcarra no hizo nada. Pese a que en el Informe de Tratamiento hacían hincapié en la necesidad de respiradores, camas UCI, oxígeno, equipos de protección (EPP) y medicinas.

Pero el Presidente que tenemos, se dio cuenta que esta desgracia podía ser utilizada políticamente para satisfacer sus fines. Para ello, diseñó una estrategia: repartiría dinero a los medios de comunicación que atravesaban una situación económica grave. Y estos medios se salvaron del colapso con esos recursos que nos pertenecen a todos. Luego financió (y lo sigue haciendo) a encuestadoras como IPSOS, para levantar su imagen.

Todo lo hizo con cálculo político. Compró muchísimas más “pruebas rápidas” que moleculares, sabiendo que las primeras no servían para los fines que necesitábamos. Y las administró en cantidades calculadas, para hacernos ver un éxito falso. Táctica que sigue empleando. Pues a menos pruebas, menos contagiados y aparentemente, menos muertos. Cifra de estos últimos que se ha empeñado en falsear. Todos los organismos internacionales dicen que en el país hay el triple de decesos de los que Martín Vizcarra y sus ministros dicen.

Estamos en la etapa de las falsas expectativas por la vacuna. Y Vizcarra está luchando desesperado contra el tiempo, para vacunarnos a todos con la esperanza ruin de convertirse en nuestro salvador. Con esa misma actitud viene administrando los confinamientos, las reactivaciones y los repartos de dinero.

Lo cierto es que la vacuna no estará lista antes del primer semestre del próximo año. Cuando otro sea el inquilino de Palacio de Gobierno y sean otros congresistas los que se encarguen de ponerlo en la antesala de la cárcel. Por corrupto, confabulador y haber cerrado el Congreso anticonstitucionalmente, así el Tribunal Constitucional le haya dado la razón. Habrá otros magistrados que reemplazarán al inefable “Ojitos” y la izquierdista Marianella Ledesma.

Pero eso será después. Inexorablemente. Mientras tanto, debemos condenar la ruindad de Martín Vizcarra. Maldad que solo un corazón enfermo puede albergar. Pero como en la tragedia griega: las malas acciones terminarán quemándose en la hoguera, por obra de las buenas. Y eso debemos alentar. Jamás, ni un atisbo de complacencia o autoengaño debe hacernos cambiar de rumbo.

De ser el peor Presidente del siglo, Vizcarra pasará adicionalmente a constituirse en el más malvado. El que quiso hacernos creer que actuaba como un hombre de bien. Cuando no tiene un pelo para serlo. Más que la cárcel, debe ser nuestro desprecio su mayor castigo.

Esa es mi opinión, en uso de las facultades que otorga la Constitución a todos los ciudadanos (Artículo 2°, Inciso 4).

Marco Antonio Arrunátegui Cevallos