Las palabras ejercen fuerza cuando las pronuncian. Se instalan en la memoria y es ahí donde cobran vida. Se hacen visibles y se apoderan de un espacio en el mundo de las letras. El uso evita que se extingan y procura su expansión (y su vida misma, por cierto). Y por sobre todo lo demás, su uso se convierte en la razón suficiente para aceptarlas y reconocer su valor y permanencia. Esa es la idea que sigue la RAE para aceptar las palabras que se integran al Diccionario de la lengua española, y así es como ha funcionado desde siempre.
Este es el caso de la palabra “puto”, término que ha sido aceptado, precisamente, por la masiva utilización en diversos contextos, como suele suceder con todas las palabras que tientan ganar un espacio en el mundo de los hablantes. El diccionario de la Real Academia Española, donde ya aparece el término, es sumamente claro con las acepciones de “puto”. Se refiere a él en relación con cinco significados que responden, precisamente, al uso en contextos específicos, pero también remarcando la intencionalidad del mensaje. 1. Como calificación denigratoria: “Me quedé en la puta calle”. 2. Usado para ponderar: “Ha vuelto a ganar. ¡Qué puta suerte tiene!”. 3. Adjetivo para enfatizar la ausencia o la escasez de algo: “No tengo un puto duro”. 4. Prostituto. y 5. Sodomita.
A partir de las acepciones que ofrece el diccionario y la forma como se presenta en los hablantes, podemos llegar a tres conclusiones que se derivan de esta información. Primero, si bien con mayor frecuencia en México que en Perú, la palabra ha cobrado una fuerza lo suficientemente sólida como para enfatizar lo que dice, pues en todas excepciones hay una carga fuerte de significado. Segundo, aunque parezca paradójico, “puto” admite significados opuestos: uno enfático positivo, cuando se usa para ponderar; y los otros, enfáticos negativos. Tercero, todo en el lenguaje está marcado por el uso, solo así se explica cómo pueden generarse (y aceptarse) las acepciones permitidas por el diccionario.
Visto de esta manera, la colectividad, al manifestar la oralidad del discurso, en su empleo y difusión, genera el cambio o la permanencia de algunos términos. Por ello, las palabras se moldean a partir del uso, y pueden establecer cambios a través del tiempo. No hay mucho que discutir sobre ello. Son los hablantes, finalmente, quienes se encargan de que términos o expresiones perduren en el tiempo o se extingan en el olvido.

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