Luego del anuncio, por parte del Ejecutivo, de la decisión de adquirir la vacuna contra el Covid-19 y que un primer lote de un millón llegaría al país a fines de este mes, la reacción de la población no ha dejado de ser preocupante. Según una encuesta reciente de Ipsos, 48% de las personas encuestadas dijeron que no se vacunarían aludiendo a una serie de razones, entre las que se encuentran el temor a sus efectos secundarios y al poco tiempo dedicado a la investigación en los laboratorios del mundo. En consecuencia, es un tema tan delicado al cual el gobierno debería dedicarle la mayor atención posible y cuanto antes.

Cualquier resistencia de la población a colaborar en la lucha contra este virus, podría agravar aún más la situación de precariedad con la que nos estamos enfrentando a la letalidad de este mal. ¿Qué ha ocurrido? La cifra de las personas que se resisten a recibir la vacuna ha trepado de un 22% que se registraba en agosto del año pasado a 40% en diciembre y a 48% en enero de este año.

Es de sentido común suponer que algo anda mal. La comunicación, en estas circunstancias, con la población es fundamental. El Gobierno tiene que saber llegar, comunicar sus mensajes con claridad, de manera amigable y sin medias tintas. Se tiene que recuperar la credibilidad y ganarse la confianza de la gente. Tiene que atacar en aquellos flancos donde exista temor, incertidumbre, vaguedad en el conocimiento. Y todo ello, cuanto antes. Las personas tienen que saber y tener conciencia que aquello que se pone lo ayudará a prevenir y combatir el virus, caso contrario, fallarán todos los planes de inmunización.

En el camino se encontrará, seguramente, activistas que se oponen abiertamente a ponerse la vacuna. Incluso ya salió un parlamentario anunciando que promovería una demanda de inconstitucionalidad contra la ley que permite la distribución de la vacuna. Personalmente creo que nada debiera detener en la decisión adoptada respecto de la vacuna. Vivimos una de las peores crisis de salud, no sólo en el Peri, sino en el mundo, con mayor número de muertos por millón de habitantes, como para no colaborar y poner de nuestra parte en esta lucha desigual y sin cuartel contra el virus. Sabemos que nuestros servicios de salud están colapsados, que, cada día que pasa, los efectos del mal se perciben en nuestros hogares. Tenemos que entender la gravedad del problema por el que estamos atravesando. No hay tiempo para la indiferencia ni para la inacción de las autoridades a este respecto.

Más todavía cuando vemos que en otros países del mundo el temperamento de la población es todo lo contrario. Hay mayor disposición a colaborar y aceptar las vacunas que anuncian sus respectivos gobiernos. Según una investigación realizada a nivel global, entre el 21 de octubre y el 15 de diciembre del año pasado, siete de cada diez personas en el mundo decía que se aplicarían la vacuna contra el Covid-19 y los países de la región Asia-Pacífico eran quienes mostraban mayor predisposición. Según este mismo estudio, la predisposición más alta se hallaba en adultos mayores (78%)

El Gobierno tendrá que poner en marcha una campaña de comunicación bien estructurada y realista para llegar a la población, explicando las bondades de la vacuna anunciada. Estamos a tiempo, evitemos que cunda el pánico.

Juez Supremo