Consideraba estar curtida de crisis políticas, habida cuenta los cargos que desempeñé en el Ejecutivo y Legislativo, siendo inclusive censurada cuando fuera primera ministra en el 2015 al responder por el jefe del Estado de aquel entonces al estar revestido de inmunidad durante su mandato; de ahí en adelante, fui espectadora como todos los peruanos, a sucesivas censuras de ministros y gabinetes ministeriales, renuncias, vacancias de mandatarios, destapes de “audios” de la vergüenza que desnudaron la corrupción enquistada en otros poderes y organismos autónomos del Estado, etc. Y como si esto fuera poco, cayó al país la pandemia del covid-19 que va cobrando según el Sistema Nacional de Defunciones – Sinadef alrededor de cien mil muertes; llorando aún a los nuestros, de pronto, nos sobrevino un devastador tsunami con olas de más de 30 metros de altura y con velocidad de 900 kilómetros por hora. Por supuesto estoy utilizando una metáfora para describir el megaescándalo del uso indebido y de ribetes penales, de las vacunas del covid-19 del laboratorio Sinopharm bautizado como el “Vacunagate”, que ha generado la condena y desprecio hacia un expresidente, ministros, viceministros y decenas de altos funcionarios de la Administración Pública y del sector privado, siendo que hasta el momento el recuento de víctimas es aún incalculable, ya que las investigaciones de este oprobioso caso recién se inician.

Ilusa yo, al creer que ya nada en política podía asombrarme, las revelaciones de que la ministra del ente rector del Sistema Nacional de Prevención y Control del Covid-19, a la sazón el Ministerio de Salud, la neuróloga Pilar Mazzetti, se había vacunado contra el coronavirus con anterioridad a las personas de la primera línea de atención y demás poblaciones vulnerables, negándolo con pasmada frialdad en todos los idiomas, incluso ante un Poder del Estado como el Legislativo, me dejó “de una pieza”, “absorta”, como estimo quedó todo el Perú, empezando por el mandatario Francisco Sagasti, máxime si como lo dije en el Twitter, ofrecí cerrada defensa de su gestión al creer en su palabra. Así las cosas, tomando nombre del poema de Nicomedes Santa Cruz: “A cocachos aprendí”, a no abogar en adelante por personas sino por instituciones, que al fin y al cabo son las que quedan.

Este tsunami que ha mellado profundamente la “confianza” de la Nación en sus autoridades y personalidades del campo de la ciencia, al haber privilegiado sus vidas sobre quienes decían “servir”, es además catastrófico porque ha revelado de sus protagonistas una ética “cochambrosa”, reflejada además en el cinismo de sus defensas y cuyo proceder pone en serio riesgo la confiabilidad del ensayo clínico, sin mencionar el daño inmensurable a la imagen misma del Perú de cara al mundo. Estimo que la cárcel efectiva les espera a los responsables, muchos de los cuales ya han sido renunciados de sus puestos.