Escuchar a la ministra de Salud declarando públicamente, cambiando en menos de una semana la meta de vacunación Covid-19, de 24 millones de peruanos a un millón, con un diferencial de un año en su implementación, resulta escalofriante para un país como el nuestro, que comienza a dar señales serias de agotamiento económico, político y social. Lo mismo sucede con la declaración del viceministro al revelar que la única vacuna que creímos comprada no tiene aún el contrato pagado y corre peligro.

Pero lo que resulta más preocupante es que sea la propia titular del sector quien cometa ese tipo de cantinfladas, porque el sentido común nos dice que ella sería la persona más preparada del país para enfrentar con relativo éxito la lucha contra esta pandemia que nos está volviendo locos a todos.

Pero más escalofriante aún resulta descubrir que el supuesto cronograma de trabajo sistemático entre la ONPE y el Minsa para vacunarnos a todos era solo una ilusión, y que de un tiempo a esta parte los voceros de la Salud pública en el país se estén convirtiendo en generadores de sucesivos “fake news”.

La confianza que requiere hoy el ciudadano, considerando que esta pandemia nos obliga a cambiar hábitos y conductas, es la de autoridades sanitarias con dos dedos de frente, que no se desmienten a sí mismos cada 30 minutos, o cada vez que declaran a un medio de comunicación.

Si perdemos esa confianza ciudadana, difícilmente tendremos receptividad cuando realmente estemos listos para comprar vacunas, distribuirlas, aplicarlas y supervisar, detalle a detalle, cada reacción secundaria que pueda darse entre los peruanos que las reciban.

Si algo debe implementar de inmediato el sector Salud es una mesa de coordinación permanente y efectiva entre sector público y privado, donde a modo de sesiones abiertas y transparentes, se hagan los aportes necesarios para que nuestros funcionarios públicos cambien ese chip retardatario que han mostrado especialmente las últimas semanas, y comiencen a trabajar en serio de una vez.

Aquí lo que está en juego son vidas humanas. No estamos comprando lapiceros ni carpetas. Son medicamentos que salvan vidas, y si no garantizamos la compra, la calidad y la eficacia de lo que compremos, nos convertiremos en uno más de esos países, que siempre van rezagados en su camino por la historia.