En la antigüedad se creía que las enfermedades eran castigos de los dioses. Todo acontecía por una cuestión de causa y efecto. Y ante ello, hombres y mujeres de entonces vivían sujetos a los designios de las divinidades. Esa creencia permaneció por mucho tiempo, hasta entender el verdadero origen de las enfermedades. Más adelante, se buscarían alternativas que permitieran solucionar esas enfermedades, aunque su efectividad seguiría siendo motivo de discusión.

Ante la preocupación de encontrar soluciones a las enfermedades, no puede negarse que uno de los logros más importantes de la humanidad, en específico, de la investigación biomédica, fue el descubrimiento de las vacunas. Gracias a ellas, se ha podido contrarrestar muchas muertes y se han abierto espacios para nuevas investigaciones que permitan la tranquilidad de las personas. Sin embargo, no siempre se recurrió a la ciencia. Como es obvio, en sus inicios hubo procedimientos que se alejaron demasiado de ella.

Según la investigación realizada por Debary (1972), en el siglo VII los budistas indios ingerían veneno de serpiente con el fin de ser inmune a sus efectos. La situación pareciera tener un cierto asidero lógico. El razonamiento entonces era simple: si una serpiente tiene un veneno que podría causarnos la muerte, el hecho de ingerir el veneno a manera de preparación, hará que nuestro cuerpo se adecúe a él. De esta forma, se lograría la inmunización. Este hecho debe ser uno de los más antiguos que se sabe sobre la vacunación.

Muchos años más adelante, según el estudio de Leunk (1996), en el siglo X, los chinos practicaban la variolización. Este procedimiento consiste en la inoculación de la viruela a través de pequeños cortes en la piel que permitían colocar el polvo de las costras de la enfermedad o la pus de las personas que ya la habían contraído. Una vez realizado el proceso y luego de haber cerrado la incisión, la persona se asilaba para esperar la enfermedad, aunque de manera más leve, y así pueda lograr una recuperación más efectiva.

Hoy, once siglos después, la ciencia ha permitido que las vacunas sean una esperanza de vida. La cuestión de los grupos antivacunas y sus argumentos para defender su postura es otro tema que podría discutirse ampliamente. Lo cierto es que en contextos donde la vida parece jugarse sus últimas cartas, las vacunas aparecen más allá de una serpiente o de un proceso de variolización. Necesitamos de ellas y nos aferramos a que nos devuelvan la vida que jamás quisimos perder.