Allá por los años treinta del pasado siglo XX Víctor Andrés Belaunde comentó que la excesiva ambición por la Presidencia de la República podría ser considerada como una manifestación de arterioesclerosis prematura. En aquella época aún no se había descubierto el mal de Alzheimer como una disfunción de progresiva pérdida de la memoria, que al final lleva a una ausencia completa del sentido de la realidad. ¿Nuestros 21 o 23 candidatos a la presidencia habrán llegado a ese estado de desconexión con el mundo externo? Si nosotros analizamos las encuestas, cinco o quizás seis candidatos se perfilan con alguna posibilidad de alcanzar los dos primeros puestos para pasar a una segunda vuelta. Los demás no tienen ninguna chance y se han lanzado a la carrera como si fuera un albur.

Evidentemente que lo es, ¿pero vale la pena lanzarse en esas condiciones?
Aquí la respuesta obedece a lo que cada candidato tenga en mente respecto a su futuro político. Algunos pensarán que su candidatura presidencial les dará una gran exposición mediática que les sirva más adelante para participar en elecciones regionales o municipales. Incluso de presidir o integrar el gabinete del candidato vencedor, como pasó con Fernando Olivera en el 2001 cuando Toledo ganó las elecciones, a quien además brindó el apoyo de su bancada parlamentaria. Otros, que siempre existe la posibilidad de convertirse en un “outsider” que capture la imaginación popular y lo lleve inesperadamente a la victoria. Eso ocurrió con Fujimori en el año 1990 cuando en la primera vuelta se colocó por los palos y llegó segundo, para luego vencer a Vargas Llosa en la segunda con el apoyo del Apra y de la izquierda.

En las elecciones del 2016 Julio Guzmán y César Acuña fueron eliminados por razones técnico jurídicas pero estaban bien situados en las encuestas. Su eliminación fortaleció las candidaturas de PPK y Verónika Mendoza y el primero derrotó a Keiko que le llevaba una ventaja de 20 puntos porcentuales en la votación de la primera vuelta. Los antis a Keiko le jugaron una mala pasada y eso podría ocurrir de nuevo.

¿Este panorama es positivo o negativo para el Perú? En mi opinión negativo porque inexorablemente llevará a una dispersión electoral, que se traducirá en un Congreso fraccionado en el cual nadie tendrá una clara mayoría. Y todo eso significa mayor inestabilidad política. Entonces, ¿qué hacer? En mi opinión los medios deben desarrollar una campaña objetiva sobre las propuestas de los candidatos, para evitar que caigamos en el camino de Venezuela o de Sendero Luminoso.