Un poeta debe ser el universo afirmándose en un cuerpo, de allí esa cualidad para sentir por todos y estar atento a todo lo que pasa. Por eso cuando dice “agua” siente como si se tratara del río que baja por las montañas y cruza laderas para tocar el mar; por eso cuando se enciende, en sus labios palpita el fuego y, con el fuego, el vapor que marca a quien le habla. Todos los elementos se pronuncian con el poeta porque el poeta es todos los elementos. Sobre esto da cuenta Carolina Zamudio en su libro Vértice. Un libro como punto de encuentro de todas las mujeres que son Carolina y con ella el súmmum de un proceso que le ha entregado a la historia de la literatura poetas como Alda Merini y Olga Orosco, con quienes nos entrega una llave para ingresar a su poética como quien adelanta las claves de la tormenta que vamos a enfrentar y de la que no saldremos ilesos.

Vértice aborda la libertad como metáfora para reinterpretar el conocimiento, los territorios ocupados por sus emociones, la pasión como carnada de una propuesta cuya pretensión va más allá del prurito amatorio. Zamudio logra reescribir aquellos grandes temas a los que se refirió Borges, los resemantiza con la destreza de quien tiene pleno dominio de sí misma y es consciente de la elasticidad de un lenguaje con el que puede subvertir la finitud de su naturaleza. “Los peces que buscas en mi cuerpo”, dice, “puedes quedarte en esta calle eternamente”, subraya. Se trata de alguien que ha entendido que esa mímesis con la naturaleza sucede porque “ella” es la naturaleza. Se asume así, “ella” es su punto de encuentro.

El tiempo, ese insensato, participa en muchos de estos poemas. La luna, el horizonte, un puerto, la marea, son elementos que configuran una propuesta que hace de Carolina una poeta que los elige porque son los ingredientes que fortalecen esa tormenta con la que escribe la huella dactilar que evita el lugar común y con la que recupera para los lectores su capacidad de asombro. “Las líneas que descubres en mi cuerpo escapan de una azotea y sus fantasmas”; su oscuridad estremece, pero estremece más su exposición de pájaro, o de agua, o de casa que pugna por destrozar la superficie, por eso la música, de nuevo el tiempo y la intensidad de quien asume que jamás tendrá prohibido amar. Un libro, finalmente, debe perturbarnos, Vértice perturba, y perturba bien.