Vale la pena repetirlo. Cuando ocurrieron las lamentables muertes de dos jóvenes en las protestas contra el entonces presidente Manuel Merino, el congresista Francisco Sagasti y varios miembros de la bancada del Partido Morado le pidieron que renuncie. El candidato George Forsyth le dijo asesino. La fiscal de la Nación Zoraida Ávalos –vía ‘tele’, cosa inusual– acusó a Merino y a su premier por “homicidio doloso, abuso de autoridad, lesiones graves, leves y desaparición forzada”. Ocho organizaciones nacionales de Derechos Humanos también lo denunciaron.

La Confiep pidió igualmente su dimisión. La pregunta cae de madura y obvia. ¿Por qué no ocurre lo mismo con Sagasti? El jueves falleció un joven que protestaba en Virú bloqueando carreteras. Nuestro país vive una sucia doble moral propia del totalitarismo.

El presidente Sagasti declaró que hay intereses particulares (está obligado a decir de quiénes), que buscan desestabilizar al régimen. Afirmaciones falsas que lo muestran como un gobernante desubicado, sin contacto con la calle a la que tanto se exaltó.

Cuando las principales carreteras del país están tomadas por la violencia y la anarquía y el diálogo no es posible, el resultado es el caos. El permiso para actuar vandálicamente lo dieron el propio Sagasti y el sector que sacó a Merino de la presidencia a punta de campañas mediáticas demoledoras y alianzas con la izquierda.

La denostación y humillación de la Policía a cargo de Sagasti y quienes lo respaldan fueron irresponsables, tanáticas y abusivas. Le imputaron el fallecimiento de los dos jóvenes, sin que hubiera una investigación. Para el agricultor muerto en Virú, el Ejecutivo pide esperar las indagaciones.

El campo se manifiesta a su estilo. Las razones de sus protestas son más reales que las del limeño universitario y del lumpen contratado. Un sector de los trabajadores agricultores es maltratado salarialmente por los ‘services’. Literalmente, el gobierno ‘no los representa’.

La empalagosa admiración a los jóvenes limeños que salieron a marchar de politicastros y autoridades, cesó. Ya nadie se maravilla con los también jóvenes del agro que están protestando. Esos no integran la azucarada generación del bicentenario.

Haberse mal enquistado con la Policía, acusarla de violenta, la ‘razzia’ practicada en esa institución provocaron la salida del ministro del Interior. Tenemos un gobierno enemistado con las fuerzas del orden, que desconoce la realidad agraria, sin reflejos para actuar ante la avalancha social que vivimos.

Un Presidente desubicado declara que “harán un uso moderado de la fuerza”, como si fuera posible. O piensa que las carreteras pueden estar bloqueadas cinco días paralizando a todo el país.

Mientras, Martín Vizcarra y Ollanta Humala están escondidos tras la candidatura que les dará la ansiada inmunidad parlamentaria. El futuro del Perú es incierto y la violencia social un destino. Y hemos vivido Sendero Luminoso.