El psiquiatra Artidoro Cácares señaló para EXPRESO, a propósito de la fiebre colectiva que vivíamos por la clasificación peruana al Mundial de Rusia 2018, que el fútbol es el opio del pueblo, ya no la religión, porque el futbol es una suerte de hipnótico masivo que alivia las penas y nos da alegría, pero a la vez nos puede tornar violentos.

Y toda violencia destruye el fútbol y nos pasa factura como sucedió en la final Boca-River por Copa Libertadores de América que, vale aclarar, no es una vergüenza mundial, sino una vergüenza exclusivamente del balompié argentino que consintió por décadas que las barras bravas coexistan con el fútbol hasta que tocaron fondo, tanto así que ahora tendrán que jugar la final copera en Madrid el 9 de diciembre por disposición de Conmebol.

Valdría preguntarse ¿acaso los sudamericanos somos tan irracionales que no podemos organizar una final de Copa Libertadores sin violencia genocida? El mundo entero esperaba ver fútbol y no a violentos atacando al bus que trasportaba a Boca Juniors. La “final del mundo” como se rotuló a la definición de la Libertadores terminó desnaturalizada, deslegitimada y la Conmebol determinó que los 90 minutos restantes se jueguen fuera del territorio argentino, porque las condiciones no estaban dadas en Buenos Aires, es decir, no había garantías para un solo mortal. Una turba de enajenados emboscó y atacó al bus que traía al equipo “xeneize” en las afueras del Estadio Monumental de Buenos Aires, burlaron el anillo de seguridad para “vengar” el atentado del “gas pimienta” en La Bombonera del 2015, lanzando piedras y botellas al micro, donde casi matan a un jugador.

El chofer cayó herido tras el ataque. Se suspendió el partido, pero se mató al futbol. En fin, el predominio de irracionales convirtió a los estadios de fútbol en el habitad de hordas delincuenciales que ahora propician que una final de América se juegue en Europa. La violencia en los estadios es un patrón de conducta transnacional, tristemente copiado en sociedades sin currículo escolar como la nuestra.