La razón de ser de este descalabro nacional; de este colapso de nuestra dirigencia, no es otra que la medianía de quienes han postulado para dirigir la nación sin contar con las debidas calificaciones profesionales y éticas, aparte de experiencia en administrar un Estado e inteligencia para ejercer el arte de la política. Toledo inauguró esta estirpe de politicastros improvisados, desesperados por coger las riendas del poder sólo para saciar el ego. Aunque el de Cabana dejó que gobernase la tecnocracia, mientras él se dedicaba a robarle decenas de millones a los peruanos y alentaba que sus corruptores se llenasen igualmente los bolsillos con dinero del contribuyente.

Luego llegó Humala, y al robo le sumó la ideologización de sus políticas destruyendo la minería y llenando el Estado de una inservible burocracia partidarizada. Lo siguió PPK, que sólo buscaría desde la presidencia tapar sus trapacerías odebrechtianas. Lo heredaría un fanatizado esperpento apellidado Vizcarra, desesperado por mantenerse en el poder a costa de lo que fuere. Inclusive de imponer a los rojos en el poder, como su ejército pretoriano, pese a que arribó a la presidencia con los votos del centro derecha. Tanto de quienes encumbraron a Kuczynski –él lo colocó en su plancha- como del fujimorismo que le dio sus votos para sustituirlo.

Reiteramos por enésima vez, Vizcarra ha destruido el país. Con tono cansino y mirada de yo no fui, ha liquidado lo poco que quedó de Estado tras las desastrosas gestiones de Humala y Kuczynski. Primero acentuó la temeraria campaña anti Congreso iniciada por su predecesor, el incalificable PPK, elevándola a decibeles golpistas para, al final del día, perpetrar la quiebra democrática y la coda del Estado de Derecho en el Perú. Consolidado su golpe de Estado -gracias a la prensa corrupta que sigue aupándolo al poder, apegada a esa vergonzosa interpretación fáctica validada por un menguado TC para bendecir groseramente la quiebra democrática- Vizcarra pasaría a ser un vulgar autócrata más de aquella ordinariez política latinoamericana que encarna el lema “El Estado soy yo”. Fiel a la mediocridad que ilumina su tránsito por el poder, Vizcarra ha infestado nuestro Estado de una burocracia ramplona, sin incentivos, carente de toda profesionalidad.

Principalmente, en sus estratos directivos. Con ello Vizcarra mantiene aquella vetusta estructura de corrupción que ha alentado que nuestra nación quemase durante la última década US$40,000 millones en obras de infraestructura innecesarias y groseramente sobrevaluadas. Todo ello imposibilita que en el Perú opere un Estado moderno, proactivo, decente, administrado por gente coherente. En lugar de soportar, como ocurre ahora, a supernumerarios servidores, infra remunerados y contratados no por su talento sino sólo en función a su fidelidad al gobernante de turno. Por último, el burócrata peruano sobrevive amenazado por una Contraloría que lo encierra dentro de normas inflexibles creadas por gobernantes empíricos para paralizar la Administración Pública, impidiendo que ejecute debidamente sus funciones prescindiendo de aquella sistémica rutina de corrupción que aún impera para beneficio único de los ganapanes más poderosos. Empezando por el jefe de Estado, sus ministros, camaradas, etc.