Como precisa el contundente constitucionalista Enrique Ghersi -acotando argumentos irrebatibles- “Vizcarra quiere renunciar a la banda presidencial para gobernar con una medida cautelar”. En otras palabras, valora más que su dependencia como presidente esté en manos de la mayoría del Tribunal Constitucional, que de la propia ciudadanía. En efecto, el todavía presidente accidental -golpista por cierto- sigue aferrado al sillón presidencial. Aunque cada hora que pasa, la razón para permanecer como mandatario es más precaria. ¿La razón? Ha desaparecido su fundamento medular: la credibilidad. Los audios del escándalo exhiben un hecho irrefutable. Fue descubierto trapicheando con su círculo íntimo –artero como él- para hallar la manera de zafarse del tráfico de influencias que -el propio Vizcarra- implantó en su esperpéntica gestión, apelando al acto criminal de obstaculizar la justicia orquestando para ello una organización criminal aderezándola, entre otros delitos, con la de falsedad genérica.
Sin embargo ayer, en gesto que enaltece a la mayoría de tribunos, el Constitucional echó por tierra la pretensión de

Vizcarra para que el TC valide una demanda cautelar, elaborada por un equipo de aprendices del derecho constitucional –entre quienes destacan la ministra de Justicia (quien de ello sabe tanto como el peor de los legos), el procurador del Poder Ejecutivo, y algún otro de tantos neófitos que merodean en esta administración- la cual pretendía ignorar la facultad constitucional del Poder Legislativo para vacar al jefe de Estado por la causal de incapacidad moral, explícitamente señalada en la Carta. Sin embargo, por abrumadora mayoría los tribunos bajaron de la nube al incapaz presidente, quien ya ingresó a la historia como un falsario pertinaz y un incapaz soberbio.

Entonces mañana veremos a Vizcarra sentado en el banquillo de los acusados en el recinto del Parlamento, respondiendo las gravísimas imputaciones que ha formulado en su contra el Congreso de la República. Vizcarra fracasó –él y su tribu de incompetentes- en su objeto de cuestionar el derecho parlamentario a ejercer su atribución de proponer a la representación parlamentaria la iniciativa de vacancia presidencial por incapacidad moral del Presidente. Esto después de conocer el país las implicancias de sendos audios cuyos contenidos no ha objetado Vizcarra. Lo que, sin duda, afirma su invalidez ética. Y como la medida corresponde a una perspectiva eminentemente política –los delitos que transpiran las conversaciones allí registradas serán materia de debate en sede judicial- la permanencia de Vizcarra en palacio dependerá ahora de los votos de la representación parlamentaria.

Sea como fuere, Vizcarra ya es un zombi. Si los votos para vacarlo no alcanzan, de todas maneras queda retratado no sólo como mentiroso sino como una persona cínica capaz de engañar a la ciudadanía, al Congreso Nacional y a la Fiscalía de la Nación. Y la mentira es un vicio vetado para quien ejerce la representación de toda la nación. Un sujeto capaz de engañar de esta manera –en este caso por defender su pellejo- es, sin la menor duda, un individuo capaz de hacer cualquier cosa utilizando el poder inconmensurable que significa manejar los hilos del gobierno nacional.