El régimen Vizcarra ha lanzado otra multimillonaria campaña publicitaria. Lo hace en medio de la miseria generalizada a raíz del desempleo de más de la mitad de la PEA. Asimismo cierra las calles para impedir que los ambulantes lleven algo de dinero a sus hogares. Igualmente promete bonos que nunca llegan a millones de menesterosos, obligándoles a hacer colas bajo el frío y la lluvia -sin respetar edades ni males-para llegar a alguna ventanilla del Banco de la Nación donde les repetirán el “vuelva usted mañana” de la víspera. También responsabiliza a los jóvenes por la muerte de sus familiares, sólo por salir –como ocurre en todos los países- a airearse, tras haber permanecido encerrados cinco meses sin resultado favorable. Porque la pandemia nunca cedió. Más bien se robusteció por la incompetencia del gobierno y las mentiras del ingeniero Vizcarra al manifestarnos que su régimen ha abastecido de respiradores, balones de oxígeno, camas UCI, medicinas, mascarillas, uniformes, etc., a todos los hospitales públicos. Cuando aquello es falso. A esta engañifa se debe la mayor fuente de muerte de los cerca de 70,000 peruanos que hasta ayer nos ha dejado el Covid-19.

El pueblo no acatará los ucases de Vizcarra. Por más publicidad que haya para que obedezca las órdenes de su incapacitado presidente, dizque para evitar los contagios. La costra de informalidad; esa innata rebeldía consecuencia de la frustrante migración provinciana a una metrópolis invivible como Lima; y décadas desde que aquel pueblo impusiera sus normas a las leyes del Estado -al cual ignora, aparte de aborrecer-, convierten en impenetrable a este segmento social. Jamás podrá forzársele a cambiar de chip mediante avisitos que enriquezcan a los propietarios de los grandes medios de comunicación, hiriendo los sentimientos de nuestra ciudadanía. Como tampoco resulta aceptable la bajeza de Vizcarra de humillar a Juan Pueblo, advirtiéndole: “Si te reúnes en casa de familiares, pregúntales cómo les gustaría que sea su funeral”; o esa otra canallada: “Si vas a visitar a tus abuelos, pregúntales dónde quieren que pongas sus cenizas”. ¡A otro perro con ese hueso, Vizcarrita!

Doscientos cincuenta millones de soles perdidos en publicidad inservible. Entre tanto, las finanzas peruanas atraviesan una crisis sin precedentes; la clase media ha pasado al estrato de pobreza; y los pobres a la condición de extrema miseria. De por sí, una bofetada a esta sociedad muy enfadada. Pero existen otras razones que indignan más al ciudadano. En plena crisis sanitaria y económica, Vizcarra designa embajador ante la OEA al impresentable ex premier Vicente Zeballos. Ello costará al país US$12,000 mensuales –se los embolsicará netos Zeballos- fuera de fondos para alquilar alguna gran mansión en Washington DC, y “gastos de representación” que, por lo general, acabarán siendo parte de su grosero, indebido ingreso fijo. Otra indecencia vizcarrina, que explica su desprecio por el pueblo y sus ganas de premiar con corruptelas a sus mediocres amiguetes. Como ocurrió con el tenorcillo Petrozzi. Y sucedería ahora con el ex premier Cateriano empecinado, afirman, en ser nuestro embajador en España.