El tejido empresarial está resquebrajado. La actividad económica nacional lleva cinco meses en caída libre. Incluso grandes sectores –turismo y gastronomía, por sólo citar dos ejemplos– están catatónicos. El desempleo alcanza cotas nunca imaginadas. La clase media agoniza; sus tarjetas de crédito revientan sólo por los intereses que les suman los bancos para renovar la deuda de sus titulares; los alquileres han dejado de pagarse privando a los propietarios de los inmuebles de ingresos que destinaban al gasto corriente o amortizar la inversión de los bienes arrendados; las obligaciones por compra de vehículos, artefactos domésticos y otros bienes de consumo apenas se renuevan; el dólar ha trepado desde S/ 3.45 en marzo a S/3.70 en agosto. Como consecuencia, los bancos observan con evidente preocupación cómo a cada hora se abultan sus carteras de cobranzas a la par que se contraen las operaciones comerciales en todos los sectores. Por su lado, el gobierno confirma cotidianamente la evaporación de los tributos, porque la sociedad peruana ha decidido no distraer sus escasísimos ahorros para solventar a un Estado –como el peruano– cada día más voraz, más corrompido, inepto y pervertido. La suma de estos y muchísimos otros factores abren paso a la tormenta perfecta que se avizora pronto, compulsando los vendavales que ya empiezan a desatarse en todos lados. Por si ello fuese insuficiente, la incoherencia del presidente Vizcarra genera que los contagios sigan multiplicándose a estratos de pánico, debido al punible descontrol de su gestión ante la pandemia al perseverar en las infames pruebas rápidas y despreciar las moleculares, no por otra razón que por persistir en el error del necio.

Asimismo por no haber estructurado un sistema de control vecinal fundamentado en los resultados de aquellas pruebas –las moleculares–, aunado a la ausencia de centros de confinamiento temporal y hospitales de campaña para atender las urgencias, que pudieron construirse en sólo tres meses. Vale decir, en julio los peruanos pudimos tener una estrategia completa para enfrentar la epidemia. Pero la medianía de Vizcarra impidió que el Estado proteja a la sociedad, dejándola ante la mas vil de las negligencias. Como comprobamos ahora.

Los disparates de Vizcarra carecen de explicación alguna. ¿Son sólo por incapacidad o subyace alguna dosis de crueldad ideológica agregada? Porque encontrándonos en pleno Éverest de contagios y muertes por culpa de su gestión, los representantes de su gobierno salen a toda hora a predicar sobre la vacuna anti Covid-19, a sabiendas de que ésta no llegará a nuestro país antes de la segunda mitad del año entrante. Es decir, una muestra más de la maldad de las autoridades que gobiernan nuestra vidas y hacienda. Ayer nomÁs, el premier Martos aparecía muy orondo en pantalla diciéndole a los sufridos ciudadanos que “entre setiembre y octubre (es decir, en escasos días) la firma Johnson & Johnson hará ensayos clínicos en el Perú de su vacuna anti Covid-19”. Cruel psicosocial del régimen Vizcarra para manipular la sensibilidad social, al sugerirle sutilmente al pueblo que “ya llega la vacuna, así que no se preocupen”.