Ayer pedíamos la renuncia de Martín Vizcarra como jefe de Estado, tras el bochornoso espectáculo que brindara encerrado bajo siete llaves en su despacho presidencial en palacio de gobierno. Estuvo rodeado de sus más íntimos colaboradores, envueltos en un diálogo digno de maleantes de la peor estofa, abocados a trazar una estrategia de Obstrucción de la Justicia a efectos de librar a Vizcarra de verse incurso en alguno de tantos delitos que ha cometido en apenas dos años de gestión. Según el sólido jurisconsulto Enrique Ghersi, los audios que exhiben esta conversación mafiosa de Vizcarra, en procura de alguna salida al tétrico affaire Ricardo “Swing” Cisneros, “revelan claramente delito de obstrucción a la Justicia y una probable organización criminal enquistada en palacio de Gobierno”. No obstante, en lugar de enfrentar con valentía la realidad de sus malas acciones, el mandatario optó por culpar al Congreso de las grabaciones –presumiblemente hechas por su asistente Karem Roca– y de usar “métodos montesinistas” (aunque ladinamente Vizcarra evitó decir “fujimontesinistas”, quizá para mendigar el apoyo congresal de Fuerza Popular y evitar así su destitución), aparte de enrostrarle al Parlamento una voluntad de “atentar contra la democracia”). Asimismo Ghersi nos recuerda que en la sentencia contra Alberto Fujimori, el juez San Martín “establece que cuando hay un hecho socialmente relevante prevalece el derecho de la sociedad a saber la verdad”.

Tenemos un presidente genéticamente mendaz, que equipara la falacia con la argucia. Que confunde evasión con elusión. Que homologa corrupción con viveza. Es una mala persona que gestiona una nación conminada por la corrupción, amenazada a su vez por la degeneración que incita el narcotráfico, hermanado al terrorismo. El desenlace de esta combinación solamente podría conducirnos a que, más temprano que tarde, estalle el país entero. Vizcarra está dedicado en exclusividad a guardar sus espaldas, consciente de sus trapisondas y de la extorsión permanente a la cual vive sometido por quienes conocen bien sus sinvergüencerías. Vizcarra no gobierna, ¡Ni sabe, ni puede, ni quiere hacerlo! La información internacional es que el Perú es el país que peor ha gestionado no sólo el tema sanitario de la epidemia, sino que económicamente resulta ser el más afectado del orbe por el desenlace de su infame gestión, fruto de la falta absoluta de estrategias coherentes para encarar el Covid-19. La explicación es la falta del líder. Es más, antes del Covid la incapacidad incitó a Vizcarra a polarizar el país, destruyendo la imagen de un poder democrático como el Congreso, para luego perpetrar un golpe de Estado inconstitucional por donde se le analice. Otra prueba de su ineptitud, que lo hizo generar molinos de viento para presentarse ante el pueblo como el Quijote que salvaría al Perú de las garras fujimoristas. Aunque ocurrió todo lo contrario. Y todavía peor. Estos yerros demuestran su manifiesta incapacidad como gobernante. Y a aquello ahora se suma el chantaje institucionalizado por su voracidad de poder, coacción que elimina cualquier resquicio de que pueda abocarse a gestionar la patria.