Quienes integran el gobierno Vizcarra ignoran que la estupidez solamente genera más estulticia. De manera que mientras más persistan en sus tonterías, pues más idioteces comprobará la ciudadanía. Las bravatas, el postureo, las amenazas dejan de ser tales si provienen de una partida de incompetentes con ínfulas de sabelotodo. Como ocurre con quienes conforman esta autocracia idiota que, para desasosiego de los peruanos, persiste en gobernarnos avasalladoramente desde hace dos años y medio. Vizcarra es el arquitecto de esta comedia bufa devenida en tragedia cimentada en la ignorancia más absoluta, la mentira burda, la trampa incesante. De tanto verse al espejo Vizcarra está convencido de que la palabra que salga de su boca es el credo que debe respetar el pueblo. El aún presidente es tan iluso que cree que los peruanos dan por verdadero todos sus engaños. No, ingeniero Vizcarra. El pueblo peruano será todo lo primario que usted crea. Por cierto, gracias entre otros ingredientes a esa infame educación pública que usted se jacta de “haber contribuido a robustecer” ahondando su infame contenido ideológico progre-marxista, que venera al terrorista y vilipendia a los soldados, policías y civiles que defendieron al Perú del fuego senderista/emerretista. Pero tonto no es. El peruano podrá ser todo menos tonto. El tonto es usted, presidente Vizcarra, al ignorar la inteligencia innata de una población descendiente de antepasados con fundamentos culturales milenarios. ¿Acaso olvida –o ignora- que la cultura Inca tuvo como norma elemental de vida el Ama Sua (No seas ladrón), Ama Llulla (no seas mentiroso) y Ama Quella (No seas ocioso)? Precisamente lo contrario a lo que es Vizcarra. Encima hoy presume de honrado, sincero, trabajador repitiéndole cansinamente al pueblo sermones falsarios para encubrir su inutilidad, mendacidad, prepotencia y maldad. Como escribió Plutarco, “Calumnien con audacia, siempre algo queda”.

Además de mentiroso, Vizcarra es un funambulero de la insensatez y los disparates. Desde que por delegación asumiera la presidencia, la coyuntura socioeconómica del Perú entró en barrena. En vez de gobernar democráticamente -para mejorar la calidad de vida de la población- se obsesionó por capturar todo el poder a través del golpe de Estado que acabó clausurando el Congreso y amedrentando a los futuros legisladores inhibiéndoles de ejercer su rol fiscalizador con el ahínco que manda la Constitución. Y dos años despúes llegó el Covid que viene diezmando al país. Dejamos constancia de que, para entones, el desastre ya estaba a marcha acelerada. Por si fuera insuficiente, el mundo entero califica al Perú como el país que peor ha gestionado la pandemia y la nación número uno en muertes de Covid por habitantes. Entramos ahora en un nuevo tiempo de secuestro ciudadano –so pretexto de una segunda ola del Covid- manejado por una partida de incompetentes decididos a profundizar la ruina nacional.

Sea por consigna o estupidez, el hecho es que el país continúa al garete enrumbado al caos, mientras en calidad de cómplice el establishment -alentado por la prensa corrupta con apoyo de cierto empresariado- persevera en mantener a Vizcarra en la presidencia.