La desinstitucionalización del Estado peruano es uno de los pilares del caos en el que se ha convertido nuestro país. Progresiva, aunque sostenidamente, los presidentes de los últimos años han venido reponiendo el desdichado monopolio de las reparticiones públicas –característico de regímenes autocráticos- invadiendo básicamente los fueros de otros poderes. El Congreso fue clausurado para elegir otro “más afín al régimen”. Hoy palacio de gobierno administra la Fiscalía y tiene chantajeado a los magistrados del país, amenazándolos con indagaciones y acusaciones fabricadas y ejecutadas por fiscales siniestros convertidos en figurones influyentes gracias al respaldo -concreto y directo- de palacio. En esta misma dirección, el gobierno manipula el affaire Lava Jato protegiendo a Odebrecht y a sus amigos consorciados locales, a la vez que imputando persiguiendo y procesando solitariamente a la oposición responsabilizándola de toda la megacorrupción. En concreto, tras un golpe de Estado blando en setiembre del año pasado, Vizcarra se ha convertido en autócrata. Por más que ponga esa carita cínica de “yo no sé nada” que ha aprendido a lucir cuando se le cuestiona. Y con el cinismo propio de los rojos, primero Humala y ahora Vizcarra han calcado la metodología que tanto le criticaran a Fujimori. En primer término, confiscar las instituciones vertebrales para impartir Justicia. En segundo lugar, controlar la prensa. Con Fujimori ésta última operaba burdamente aceitada por Montesinos, recibiendo maletas cargadas de billetes para vender sus líneas editorial e informativa. Modo grosero de malversar los fondos públicos. Hoy, sin embargo, Vizcarra compra refinadamente esa información y opinión mediática. Recordemos que a partir del régimen Toledo se armaron grupos mediáticos –La República, RPP, El Comercio- que ahora son monopolios informativos. Algo muy peligroso para cualquier régimen democrático. Este gobernante, repetimos, no compra informalmente el respaldo de dichos grupos, como solía hacerlo Fujimori. Vizcarra ha instituido con los citados consorcios la corruptela de “contratar la compra de espacios para avisaje estatal” por valor superior a S/ 2,000 millones cada año. ¿La condición? Que sus medios “traten bien al gobierno”. ¡Caso contrario quiebran! Porque sin este subsidio –trajeado de compra de espacio publicitario- jamás cuadrarían sus balances.

Esta realidad ha reducido al mínimo a nuestra democracia. Ahora el Estado ejecuta lo que manda Vizcarra. Aunque este presidente postizo lo hace como vocero del progre marxismo que lo tiene secuestrado. De modo que, encima de la quiebra constitucional y el acaparamiento por parte del Ejecutivo de todas las instituciones relacionadas con la Justicia nacional y el control de la “gran prensa”, la realidad es que ahora estamos gobernados por una casta izquierdista por la cual no ha votado la inmensa mayoría ciudadana. En conclusión, acá se ha producido no sólo un golpe de Estado, sino una revolución digitada por el progre-marxismo, colocando a Vizcarra como polichinela. Todo lo demás es ficción profesionalmente creada para mantener embobado al país -aprovechando la influencia que todavía tiene esa llamada gran prensa para intoxicar al pueblo- enmascarándole los crasos errores y los avances socialistas que consolida día a día el nominal gobernante Vizcarra.