Estas elecciones son reflejo del régimen podrido que gestó el impresentable Vizcarra, cuyo paso por la gobernación moqueguana estuvo cargado de corrupción. Entre tanto, como presidente se autoproclamó ex profeso, líder de la lucha anticorrupción, pese a que existen grabaciones que lo muestran en palacio de gobierno urdiendo un entramado para esconder evidencias ante la Justicia. Inconducta que comprueba, en forma fehaciente, la calaña de este miserable exmandatario. Pero allí no descansa la génesis retorcida de este expresidente que habría urdido la elección tramposa que ahora comprobamos. Vizcarra, además de ser un golpista –nada menos que clausuró el Congreso para tramar, precisamente, la manipulación de los comicios que se darían mientras aun ejercía sus últimos meses como presidente–, se ha comportado en forma deshonesta como político, siendo un sembrador de odios y de bajas pasiones contra todos aquellos que no comulgaban con sus mentiras y fraudes a la ciudadanía.
Hemos denunciado en comentarios anteriores que Vizcarra aprovechó aquel golpe de Estado para liquidar el Consejo Nacional de la Magistratura, encargado de designar a los jueces y fiscales. Estos, al fin y al cabo, integran el Jurado Nacional de Elecciones JNE a través de la corte Suprema y la Fiscalía Suprema, organismos que nombran a dos delegados ante del JNE. La coyuntura le permitía a Vizcarra influir en el resultado de las siguientes elecciones, adonde él ya tenía planeado participar como candidato al Congreso. Es más, Vizcarra estaba seguro de que acabaría sus días como presidente en medio del fervor popular. Afortunadamente fue al contrario. Su abandono al pueblo en medio de la pandemia no sólo fue fruto de su incapacidad como gestor de gobierno sino, más bien, obedeció a una ahora visible intencionalidad muy perversa. En efecto, Vizcarra aplicó la tesis marxista de agudizar las contradicciones y asimismo exacerbar las pasiones, para facilitarle la elección a las agrupaciones de izquierda con las cuales tuvo un estrechísimo contacto durante su paso por la presidencia, beneficiándolas con la indignación ciudadana contra “el sistema capitalista”.
Jugó deslealmente contra la sociedad –a la que, reiteramos, abandonó desatando una plaga que generó la muerte de cerca de 200,000 peruanos y produjo una gigantesca crisis económica con el consecuente desempleo– manteniendo en secreto su intención de participar en los comicios de 2021 como candidato a congresista. Vizcarra suponía, como hemos señalado, que dejaría palacio en olor a multitudes. Y que ello beneficiaría su postulación para permitirle ocupar la presidencia del Congreso como el candidato más votado, ofreciéndose al futuro gobernante como su operador parlamentario. El mero hecho que el JNE dejase candidatear a Vizcarra sin que renunciase a la presidencia seis meses antes de inscribirse como candidato, demuestra la influencia que ejerce allí. Para mis amigos, todo; a mis enemigos, la ley.
La historia deberá registrar detalladamente la participación del canalla Vizcarra en el que ha sido un de los más infames procesos electorales que se recuerde. Al extremo que, de su resultado, el Perú podría caer próximamente en las garras del incendiario marxismo cubano-bolivariano.

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