Que el vacado era traidor lo sabíamos todos y lo denunciaban públicamente las víctimas de sus varias traiciones. Que el ingeniero Vizcarra era un hombre de moral distraída era meridianamente claro para todos aquellos que no quedamos cegados por la caleidoscópica luz de su prensa alquilada. Que el expresidente fue el peor gestor de la pandemia en el mundo lo entendieron todos los peruanos capaces de interpretar la realidad y no desconectarse en un vuelo -quizás opiáceo- hacia una galaxia paralela en donde el Perú navegaba con viento en popa a través de un infierno que solo “los golpistas” notaban. Pero dudo mucho que alguien, incluso sus más leales escuderos, haya pensado que la miseria moral de Martín Vizcarra hubiera alcanzado a dejarse coimear con una vacuna para sus petit comité mientras el Perú era un velorio todo. Hoy lo sabemos: Vizcarra se vacunó sin asco y a escondidas. Y nos ha dicho que lo hizo en un acto de coraje para probar la pócima china que compró.

Si Martín Vizcarra tuviera un ápice de integridad hubiese hecho lo que hace un político: se hubiera vacunado en medio de parafernalia y pompa. Hubiera sido perfecto para él y para sus palurdos turiferarios y compañeros de ruta: varios días de tomas exclusivas con el presidente y un seguimiento eufórico de una prensa dedicada al meretricio de conocer el verdadero destino de aquellos que se inoculaban la vacuna. Martín Vizcarra se vacunó el mismo día que su personal de confianza era arrestado y el mismo día en que empezaba a caerse, tras una improbable denuncia en el programa de Magaly Medina su castillo de miasma y naipes: no sería -como él creía- presidente hasta el 2021. El Congreso que había engendrado en ese amorío con lo peor de la prensa lo vacó, lo traicionó y le explicó -con hechos- eso de que si crías cuervos te quitarán los ojos. Es curioso: mientras el presidente -escondido, timorato, pigmeo- se vacunaba, empezaba su camino hacia el infierno en el que hoy vive.

Y con toda esa agua bajo el puente, el único hombre inmune del Perú -salvo que nos cuente a quién más vacunó además de a su esposa- ahora quiere otra inmunidad: la política. La congresal. La que le permitiría escaparse escurridizo, como el renacuajo que es, del peso de ley y de las voces cada vez más altas que lo sindican como un ladrón de antaño. Como un experimentado huaquero del erario nacional. Como un líder putiliendre que -con tremenda cara de cojudo- se venía encargando hace años de cargarse con la plata que el pueblo necesitaba para combatir todas esas dolencias que Martín, el lagarto, enunció en cada discurso que dio pero que jamás hizo en la práctica nada por detener. Dicen que en el Perú todo se perdona, pero aquí el vacado ha cometido un error. Con millones de familias de luto, haberse escapado de la muerte por este virus canalla -de la muerte por mala suerte- de una forma tan ruin lo hundirá en el poso escatológico en el que su alma ya estaba hipotecada desde hace años.

No habrá quienes sigan defendiendo al lagarto. Algunos por decoro: lo han defendido tanto que ya no tienen cómo desdecirse de la cantidad de sandeces que escribieron justificando cada mentira y cada engaño que nos encajó. Otros por conveniencia: creerán que Vizcarra llegará a la Plaza Bolívar antes que a Piedras Gordas y que -conociendo su sentido ético- alguito les dará. Los últimos por miedo: para que Vizcarra no se haya extinto en el tiempo no puede haber trabajado solo. Y esta noche decenas de sus secuaces deberán pasarla en vilo, rezándole a un Dios del que se habían olvidado para robar que expíe sus penas y que el lagarto no vomite sus nombres. Pero Martín Vizcarra nos calló a todos. Cuando hace un año lo criticamos y él, en el Olimpo del poder y con la prensa abanicándolo, dijo que la Historia lo juzgaría y no nosotros. Lo que el lagarto no sabía es que mientras él esté preso hasta el último de sus días seremos nosotros los que escribiremos la Historia. Indeleble cabrón.