La única forma de zanjar el escándalo del tráfico de vacunas –claramente liderado por el traidor Vizcarra- es que el Congreso prohíba que, en adelante, este ex mandatario vuelva a ocupar cargos públicos. Vizcarra traicionó a la nación. La abandonó en medio de una crisis sanitaria que viene causando más de 100,000 muertes. Se desentendió de las necesidades esenciales (no las estructurales) del sector Salud, como adquirir razonables dosis de pruebas moleculares, plantas de oxígeno, respiradores, camas UCI, material de protección para el personal sanitario, etc. Mientras tanto, en octubre y en palacio, Vizcarra se vacunaba subrepticiamente junto a su mujer y su hermano.

Buscaba salvar su vida mientras alentaba la muerte de muchos peruanos. La primera ola de contagios –entre mayo y julio 2020- exhibió la miseria en el equipamiento de la sanidad pública. Colas eternas en las calles mendigando por unos cuantos litros de oxígeno para salvarle la vida a algún ser humano. Eran tragedias de todos los días. La falta de camas UCI trasladaba esas mismas colas a las puertas de los nosocomios del Estado. La falta de respiradores mecánicos imposibilitaba los esfuerzos de nuestros médicos por salvar vidas. Y los contagios entre los galenos, las enfermeras y plantillas auxiliares se transformaron en un peligro sideral. Esta realidad la vivió el país entero a través de la prensa libre, que informaba en vivo y en directo aquello que padecían 32 millones de peruanos. No así la prensa corrupta, vendida a Vizcarra por millones de soles quemados en avisaje estatal. ¿Por qué no invirtieron esos fondos en atender la falta de equipamiento médico o en las remuneraciones del personal de Salud, al cual mes a mes se le acumulan montos no pagados por el Estado? De esta barbaridad se beneficiaba el periodismo ruin, oficialista, mientras alababa a Vizcarra.

En noviembre 2020 ocurrió la afortunada vacancia del canalla Vizcarra. Contra ella se pronunciaría, iracundamente, el partiducho morado, que fungía de bancada congresal vizcarrista y al que pertenece el hoy presidente Sagasti. En contubernio con la prensa vil y con la izquierda presente en toda algarada sanguinaria, los moraditos produjeron una rebelión callejera para remover al presidente designado por el Legislativo, Manuel Merino de Lama, llamándole golpista. La prensa corrompida azuzaba 24 horas diarias al país incitándolo a marchar en “la protesta del día siguiente contra el golpista”. En rigor, buscaban el muertito para incendiar la pradera que desembocaría en la renuncia de Merino. Sagasti –quien se quedó con la ministra Mazzetti, servil al pérfido Vizcarra- sabía que las marchas que promocionó provocarían otra ola de contagios. No obstante siendo consciente del desabastecimiento en la primera ola –y sabiendo que Vizcarra y Mazzetti jamás reequiparon los hospitales- durante los tres meses que lleva en palacio Sagasti no movió un dedo por adquirir plantas de oxígeno, camas UCI, etc. Hoy el deja vu es estremecedor. Pero el abyecto Vizcarra se pasea tan campante, candidateando para legislador. Claro, ¡porque este sinvergüenza está vacunado!

Señores parlamentarios, ¡Vizcarra no debe ejercer nunca más un cargo público!