Martín Vizcarra y este nuevo Congreso han sufrido el mismo proceso de maduración diabólica. Respecto del primero, pensábamos que sería un gobernante inocuo, que habiendo tomado las riendas del país en un momento de alta crispación, buscaría pacificar el terreno político, lo conduciría casi en piloto automático, sin mayores luces pero favoreciendo la educación y la inversión privada, por sus antecedentes en la región Moquegua y su compromiso con la minería, fortalecido durante su delegación en Canadá. ¡Pues, nos engañó a todos! El poder lo envaneció y casi de inmediato sacó a luz esas bajas pasiones que pierden a los gobernantes.

A su turno, se esperaba un Parlamento inofensivo, sin mucha capacidad de maniobra, conformado por una pequeña diáspora de anónimos representantes. Sin embargo, sorpresivamente, se convirtieron en una máquina de destrucción, los peores enemigos de una economía agonizante, incapaces de respetar los límites de sus atribuciones. El Congreso-capricho de Vizcarra le salió respondón o, visto desde otra óptica, exactamente el enemigo que el Ejecutivo necesita para seguir exudando populismo y rehuir sus responsabilidades, con una prensa sumisa que ha vuelto, agradecida, para acompañarlo en esta nefasta labor. La principal ventaja de tener el poder consiste en impedir que otros lo tengan, pero este pugilato le hace mucho daño al país.

La gente todavía está asustada, no quiere ver el destrozo económico que está sufriendo el Perú, como si viviesen ajenos al espiral de ruina en curso. Se sigue castrando a la economía productiva, el PBI tiene una caída histórica, se desploma como un mal sueño sin fondo, con 2.3 millones de empleos perdidos, situación que a la ministra Alva parece no sorprenderle, se limita a celebrar que la pandemia ha permitido que el país avance en equipamiento hospitalario y que en el 2021 podría contar con 2000 camas UCI. ¡Más patético, imposible! Por ello, coincido absolutamente con Mario Ghibellini (El Comercio, 4 de julio 2020): “Tener a los ministros y a los congresistas enfrascados en una interpelación sin fin le reportaría imprevistos beneficios al país”. En otras palabras, mínimo Estado y la capacidad autorreguladora del mercado: “la mano invisible” de Adam Smith.

El ministro de Economía del Reino Unido Rishi Sunak acaba de hacer un ruego a los británicos: “recuperen su vida de hace tres meses, vayan al pub, salgan a comer con amigos, renueven su cocina o cambien la casa, cómprense un carro o viajen por el país. Vuelvan a vivir, consuman. (…) Tu gasto es mi ingreso y mi gasto es tu ingreso, esa es la máxima que mueve la economía y nos da de comer”.

Desafortunadamente, en el Perú pedirle a la gente que gaste como si la pandemia no hubiera existido, sería un chiste de humor negro, la crisis es muy profunda y la velocidad de recuperación, impredecible. Salen a la calle para intentar sobrevivir, con un riesgo altísimo de infectarse y morir. Los servicios de salud siguen absolutamente colapsados: no hay camas, no hay respiradores, no hay oxígeno, la incapacidad del Estado en su máxima expresión. Vivimos en una mentira, es la dolorosa verdad.