El expresidente vacado por ser un presunto corrupto miente con descaro cuando trata de endilgarle al Parlamento su ineptitud en la adquisición de vacunas contra el coronavirus. Martín Vizcarra aduce que, si no lo destituían en noviembre, hubiera cerrado contrato con los laboratorios. Dice, además, que el Congreso tardó casi tres meses en aprobar un proyecto de ley que envió para agilizar el registro sanitario de los antídotos. Esta iniciativa, la cual fue aprobada a inicios de diciembre, asegura que cuando lleguen los sueros estos tengan un permiso temporal de un año de Digemid para que puedan ser aplicados a la población. El problema es que las vacunas no van a llegar hasta el 2022. Y ello es culpa exclusiva de Vizcarra y de la señora Pilar Mazzetti, que, sabiendo que no había ningún contrato cerrado, siguió aseverando que un primer lote de sueros llegaría en diciembre y el resto en el primer trimestre del 2021. El acuerdo con Pfizer debió concretarse -previo pago de unos 20 millones de dólares- en setiembre, como ocurrió en Chile, país que iniciará a inmunizar a su gente la próxima semana. Para ello, ya se había publicado antes, el 10 de setiembre, un decreto de urgencia que “dicta medidas extraordinarias para facilitar y garantizar la adquisición, conservación y distribución de vacunas contra la covid-19”.

Pero la incompetencia de Vizcarra en el manejo de la pandemia no es ninguna novedad. Desde esta pequeña columna he insistido en que el exjefe de Estado jamás miró a las pruebas moleculares, sino que implementó el desgraciado uso de pruebas rápidas -que arrojan falsos negativos y positivos- como método principal de descarte del coronavirus. Tampoco cumplió su promesa de colocar 2,000 camas UCI ni instaló plantas de oxígeno. Ni siquiera repartió mascarillas o protectores faciales a los más pobres. Fuimos, producto de lo antes mencionado, por varios meses el país con más muertos por millón a causa de la covid-19. A ello hay que sumarle que somos la nación que ha sufrido la peor caída económica en la región (-12% del PBI en el 2020). ¡Y se viene la segunda ola!

La torpeza de Martín Vizcarra, desafortunadamente, no solo es una anécdota en la historia del Perú, sino que este mitómano ha provocado que unos 80 mil connacionales -de acuerdo a cifras del Sinadef- perezcan. Todos tenemos algún pariente o conocido que ha perdido la vida a causa de la necedad del gobierno anterior; entonces, me pregunto: ¿por qué la “generación equivocada” no sale a las calles a chillar? Este sí es un motivo para alzar la voz de protesta y no por un golpe de Estado que jamás existió. ¿Dónde está el hashtag #VizcarraAsesino que no lo veo? No podemos, sin embargo, esperar nada coherente de estos engañados por la prensa palaciega, los mismos que son hinchas de los farsantes caviares De Belaunde y Olivares (¡nunca hubo ningún desaparecido en las marchas!), y del cobarde pegalón de abuelos Carlos Ezeta. Ya le llegará la hora a su corrupto favorito… tic-tac-toc.

El mandatario morado Francisco Sagasti debe, pues, tomar el toro por las astas y, asumiendo que no vamos a tener vacunas hasta Dios sabe cuándo, desplegar un tamizaje masivo y gratuito con pruebas moleculares en todas las postas médicas del país. Detectar y tratar la enfermedad a tiempo es fundamental para evitar llegar al internamiento, aislando, además, a los pacientes para que estos no contagien a sus contactos. Ello no podrá hacerse, evidentemente, si Mazzetti sigue en el Gobierno. Su salida apremia. Basta de discursos ampulosos y soporíferos, señor Sagasti, póngase a trabajar.