Lescano ha salido del bolsón de los demagogos y se ha radicalizado. Lo que quiere es desplazar a Verónika del extremismo de izquierda radical para ocupar su lugar. Desde su punto de vista, la jugada es un acierto. Verónika ha decidido representar el papel de la monja en campaña, y Lescano puede tener éxito y pasar a la segunda vuelta.

Lo mismo hace López Aliaga en el otro extremo del espectro político. Se radicaliza. Cada día dice algo más desafiante y se aleja del centro moderado. Agrede deliberadamente, hiere incluso con frases duras contra la eutanasia y la tolerancia en cuestiones de género.

Es el indicio de que la campaña se está polarizando. No podía ocurrir otra cosa con un sistema de partidos atomizado, como el que tenemos, que ni siquiera es un sistema. La segunda vuelta será una lucha por restaurar el centro político. Pero no la primera, en la que el centro ha desaparecido y parece una vieja pintura que ha perdido el color.

Lo que ocurre es que el centro no podrá ya ser restaurado. Se cae a pedazos. El centro necesita ser refundado, no restaurado. Y esto requiere pensar fuera de la caja. Necesita un marco nuevo donde se absuelvan la contradicción entre los extremismos. Hemos fatigado esas contradicciones. Ya no movilizan a nadie.

No son las convicciones ideológicas las que mueven los corazones. Son las emociones las que lo hacen. Y en un momento en que el pueblo peruano se halla abandonado a su suerte, desposeído y reducido a la condición de mendigo del siguiente bono del gobierno; cuando la solidaridad con el prójimo ha desaparecido y solo el gesto de empatía es eficaz para atravesar el muro de hielo del desaliento y la desmoralización de que hemos sido objeto, es hora de darse cuenta de que hemos caído en una trampa.

Esto no ocurre por casualidad. Obedece a un plan según confesara muchos años atrás un espía tránsfuga de inteligencia. El plan tiene cuatro fases: desmoralización es la primera. Desestabilización, la segunda. La tercera es la captura del poder. La cuarta es la “normalización”, la institucionalización de la mentira oficial.

La primera etapa es crucial. Puede tomar veinte años. Se halla completa cuando los habitantes de un país están ya convencidos irremediablemente de que su país es el peor engendro del planeta entero y que todo esfuerzo es inútil. Este es el punto en que nos encontramos en el Perú. Hemos sido desmoralizados, cocinados a fuego lento imperceptiblemente. Esto se expresa en el lugar común de que la política es un asco del que hay que huir. Ya decía Platón, sin embargo, que el castigo para los que no se ocupan de la política es ser gobernados por los que sí lo hacen. No suelen ser los mejores.

Por eso la atomización, por eso la polarización del espectro político, por eso prospera el extremismo y se muere el centro político. Refundarlo es posible. Pero solo puede hacerlo quien tenga la herramienta correcta para pasar a la segunda vuelta, que es escuchar al pueblo y consultar siempre su opinión. Porque ese es su derecho.