La polarización de la primera vuelta ha sido deliberadamente generada desde ambos extremos porque conviene a ambos extremos. La polarización cedió al final, sin embargo, a medida que entraba la mayoría de electores, que se hallaba al margen.
Ellos son el centro por definición, y eso ha puesto fin a la polarización. Los disfuerzos de última hora por volver a polarizar no han funcionado.
Hay que saber que el guión de lo que viene en adelante ya existe. El nuevo gobierno no se inaugura sobre una mesa vacía. El Congreso tendrá diez o doce bancadas polarizadas, varias de ellas antisistema. Y esto define las reglas del juego.
No es que sea imposible armar una mayoría a duras penas para temas específicos, pero será sobre una base de caso por caso. Se tendrá que negociar cada cosa. En esas condiciones no hay mayoría duradera. Será en todo caso frágil y se irá desarmando en el curso del primer año.
La amenaza es entonces recaer en lo que ya hemos visto: el conflicto de poderes y su desenlace en la disolución del Congreso y la vacancia presidencial. El orden de esos dos acontecimientos es intercambiable.
El hecho es que el conflicto de poderes no se puede resolver solo con buena voluntad del gobierno y la oposición. Las virtudes personales no pueden reparar la falla en la arquitectura de nuestra democracia de baja gobernabilidad.
La falla está en el equilibrio de poderes desbalanceado que desde el nacimiento de la República le dio al Congreso un poder mucho mayor que al Ejecutivo. Así, mientras el Ejecutivo puede disolver el Congreso luego de un procedimiento, el Congreso puede fácilmente y virtualmente sin proceso vacar la Presidencia, censurar ministros e insistir en las leyes observadas por el Ejecutivo. Desde el principio se instaló en el Perú la dictadura del Congreso.
Esto no pasó inadvertido ni siquiera el primer día. Ya en enero de 1827, José María de Pando escribía que “los pueblos americanos pasaron sin transición intermediaria del despotismo de la época colonial directamente a la dictadura del Congreso”.
Peor aun, sin embargo, para fines del siglo XX un mal diagnóstico de la enfermedad había conducido a un falso remedio. Para controlar el conflicto de poderes irremediable que el desequilibrio genera, se optó por convertir al Poder Judicial en árbitro del conflicto de poderes.
El resultado es que sobre la dictadura del Congreso se instaló la dictadura de los jueces entronizada en el Tribunal Constitucional, un poder por encima de los demás poderes que ha reinventado el absolutismo contra el cual nació la democracia.
No hay ningún lugar en la Constitución que disponga tal cosa. El TC se ha arrogado la condición de intérprete supremo de la Constitución porque así lo establece su ley orgánica y no la Constitución de los peruanos.
El conflicto de poderes volverá por eso, una y otra vez, hasta que se rediseñe el equilibrio de poderes en el sistema de gobierno. En eso consiste la verdadera reforma política que aún espera.

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