La deplorable situación sociopolítica-económica del país no es fruto del azar, ni consecuencia de la naturaleza o de alguna fuerza divina. ¡Es, sencillamente, culpa de los peruanos! Tanto de su ralea política como, muy en especial, del mismísimo ciudadano de a pie. De manera invariable, particularmente en esta última década, hemos elegido a las peores autoridades para gestionar la marcha del Perú. Es más, estos comicios del próximo día 11 constituyen una amenaza de que, otra vez, podríamos repetir la letanía de escoger al peor presidente de la República, así como a los peores legisladores para que se instalen en sus respectivos palacios a partir del 28 de julio. Da la sensación de que no aprendemos de nuestra historia (la reciente), sino que la repetimos una y otra vez en una pervertida demostración de que -todavía- somos una sociedad mayormente inmadura, inconsciente o, tal vez, estúpida. Preferimos votar en forma ciega y sorda, a hacerlo de manera consciente y poniendo lo mucho o poco de inteligencia que pudiere tener cada cual.

Es un hecho -por la actuación y el recorrido de los votantes en los últimos tiempos- que preferimos vivir en una de las peores condiciones de subsistencia que exhibe el mundo contemporáneo, con tal de despreocuparnos y no perder el tiempo analizando -en profundidad- a las personas a las cuales vamos a otorgarles nuestro poder, nuestra representación personal para que hagan como les parezca con nuestra vida, salud y patrimonio. ¡Evidentemente esa es una conducta de orates! Una tesitura que seguro avergonzará hasta a la náusea a nuestros antepasados, quienes quizá también se equivocaron al tiempo de elegir a sus autoridades, pero sin duda jamás erraron de la manera consuetudinaria, indigna, ridícula, catastrófica como vienen haciéndolo las generaciones actuales. Asistimos a un disparate sistemático, propio solamente de tribus salvajes que prefieren la antropofobia -temer, inclusive odiar a los de su especie; en particular a aquellos que destacan por su naturaleza intelectual, material o lo que fuere- antes que a convivir con ellos y, en conjunto, sacar adelante a esta atribulada nación, poseedora de muchos recursos naturales que servirían para darle desarrollo social, educativo, sanitario, económico y de seguridad a toda su población.

Los últimos años, nuestra casta política se encuentra sometida al chantaje de la miserable estirpe caviar. Predominantemente, son los politicastros de plazuela que buscan competir con sus pares izquierdistas, quienes proponen convertirnos en Cuba o Venezuela. Los políticos de cuño deben plantar cara por su clase para erradicar a esa morralla que engaña al ciudadano ofreciéndole el oro y el moro para comunizar el Perú. Aunque si uno mira alrededor, confirmará que el Perú de hoy carece de políticos de cuño. Sin embargo, existen candidatos que pudiesen adquirir talla de estadista si abnegadamente se empeñan en levantar a su patria para mejorarle la calidad de vida a sus paisanos. Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori, inclusive Acuña merecen una oportunidad. Amable lector, el 11-4 no vote obsesionado por la monserga “anti” de la izquierda caviar. ¡Hágalo pensando en sus herederos!