Poco a poco se abre paso la razón. Demasiado tiempo viene ya reinando la arrogante progresía marxista, instalada gracias al respaldo de una derechona medrosa después de la infeliz renuncia presentada por Fujimori a finales de los noventa. En rigor, aquel cambio de milenio implicaba un salto mortal ideológico para nuestro país, acomplejado por el fracaso del centroderecha tras explotar el affaire por la compra de los medios de comunicación por Montesinos. Pero más que un asunto de ideologías, ese cambio de manos obedecía a intereses crematísticos. Arribó Toledo -con su enfermizo mensaje anticorrupción- reafirmando la falacia que el pueblo “me respalda para acabar con la corrupción”. Pero fue para enriquecerse con cuatros grandes contratos –Interoceánica, Metro de Lima, Gasoducto del Sur y Chavimochic- en vista de que sólo mediante este póquer de ases podría recolectar centenares de millones de dólares -en sustitución de Fujimori y la derechona- a través del cobro de comisiones por obras del Estado. Así es la fábula de este país. Toledo fue un montaje de la zurda caviar para atornillarse en el Estado e institucionalizar su innata corruptela disfrazada con mensaje moralino. La verdadera historia es que Toledo fue el espolón de proa de la izquierda políticamente correcta, hasta convertirse en propietario per se de este país entronizándose mediante los mismos vicios que tanto criticara a Fujimori. Con la única diferencia que los aplicó recurriendo a artificios sofisticados. Como ocurrió con la compra de la línea informativa y editorial de los medios de comunicación. En vez de entregarles bolsones repletos de dólares en la salita del SIN -sin documento de contraprestación alguno- lo que hizo fue entregarles miles de millones de soles anuales a esa prensa venal -El Comercio, RPP, La República- justificándolos mediante facturas que respaldan “avisos” publicados por orden del Estado.

Hasta aquí la reseña fidedigna de lo sucedido en el Perú en los últimos cuarenta años. Aunque la realidad resulta bastante más interesante que esta síntesis. El Comercio, por ejemplo, fue adalid de la caída de Fujimori y asimismo el portaviones que impuso en el poder al advenedizo Toledo. Desde entonces, El Comercio se enriqueció como jamás en su historia. Traicionando los principios de sus fundadores -y la memoria de la primera generación familiar- la cuarta promoción que lleva el apellido se abocó a hacer dinero. Apelando al chantaje con el diario como instrumento de coerción, secuestraron a Toledo –como ahora a Vizcarra- y entre sonrisas lo extorsionaron hasta conminarlo a entregarles canal 4 –en esos tiempos en poder de Indecopi- a cambio de que el diario cesara una campaña exigiendo la renuncia del presidente que puso contra las cuerdas a Toledo. Éste instruyó a su vasallo Almeyda –a la sazón zar de Indecopi- para sellar el traspaso. Suscrita el acta, El Comercio retornaba a su enfermizo toledismo.

Apostilla. Vueltas que da la vida. Ayer la comisión de Justicia del Congreso requirió al Ministerio Público hacer público aquel infamante pacto secreto sellado con Odebrecht que, entre otros escándalos, protege a Graña, accionista de El Comercio.