Libro desarrolla una atmósfera mágica basada en una concienzuda investigación arqueológica e histórica de nuestro pasado.

Por: César Anglas Rabines

Wayra (viento, aire, en quechua), es una niña inquieta y exploradora, nacida de la pluma incansable de Ricardo Lazo, que después de tres volúmenes editados en formato cómic, con gran aceptación por el público, ahora estrena su cuarta entrega, Wayra y la ira de Wakón, y consigue una vez más levantar una sonrisa y una sensación de extrañamiento mágico por sus aventuras. Este libro fue presentado el 2020 en la Feria Internacional del Libro de Ayacucho por Luis Alberto Villegas, historietista mexicano de Ensamble Cómics y autor de la novela gráfica de historia y ficción fantástica “Lázaro y los Alzados”.

ATMÓSFERA MÁGICA

Raras veces el humor travieso de los niños y el terror por las leyendas andinas del Perú han sido mezclados con golpes certeros y al mismo tiempo con un guiño divulgador por nuestras historias. Por lo general, o había una fantasía desbocada que confundía con relación a la mitología andina, o una especie de documental infantil que conducía al aburrimiento del lector. Wayra en cambio desarrolla una atmósfera mágica basada en una concienzuda investigación arqueológica e histórica de nuestro pasado, y la viste con la ficción narrativa que es cosecha propia de Ricardo Lazo. El personaje es una niña fuerte, con carácter, traviesa, y sus amigos como contrapartes y coprotagonistas de sus aventuras, que viajan a donde no son invitados, y que se enfrentan al poder de lo desconocido.

FANTASÍA E HISTORIA

Este aporte de fantasía con base histórica no es gratuito, tuvo que forjarse. Tenemos que recordar que la literatura infantil (más allá de los cuentos de hadas de Charles Perrault y los hermanos Grimm) surgió como cuentos aleccionadores, moralistas, con intención docente más que artística, pues se consideraba al niño como poco más que un adulto en miniatura. Juan Jacobo Rousseau fue el primero que hizo notar, en 1762, que el niño era un ser diferente al adulto, con características propias. Entonces se comenzó a explorar la fantasía, pero desde la óptica del niño. Wayra busca jugar y explorar, en realidad no tiene la intención de encontrar mukis, medallones mágicos, dioses leopardo o demonios de fuego, sino que su ímpetu incorregible lo arrastra hacia su destino, que a través de las sucesivas entregas de Wayra, se va intuyendo.

IMPONE DRAMATISMO

La época es la del Imperio Inca. La paleta de colores, con ocres, rojos, blancos, negros y grises, nos habla de magia y misterio, y aunque el trazo es grueso y redondeado, puede asimismo imponer dramatismo cuando lo requiere. Wayra tiene hambre por conocer su mundo, y la fuerza y la determinación necesarias para vencer los obstáculos que se le presenten. Es una mezcla de Indiana Jones, el arqueólogo de lo fantástico, y Kolchak, el periodista investigador cuya serie fue transmitida en nuestro medio en los años setenta, con el título de “Lo Increíble”, que se enfrentaba con destripadores, vampiros, hombres lobo, zombis… Wayra en cambio se enfrenta al panteón demoníaco andino, y en cada número, el poder de sus enemigos va en ascenso. Como diría Borges, Wayra, al avanzar por aquel mundo de leyendas, siempre alberga el temor (la esperanza) de llegar al fondo de lo desconocido.

Después de tres números en los andes, ahora la historia comienza en la costa, en un tranquilo puerto de pescadores. En esta entrega, Wayra y la ira de Wakón, la niña y sus amigos se enfrentan a un semidiós del fuego, levantado de su prisión por sus fanáticos seguidores. Hay secuestros de niños, aves que vienen de los dioses, ukukos (osos de anteojos, que en nuestra mitología se consideran también como mensajeros de los apus o montañas sagradas), actos de compasión y sacrificio, devolución de favores, madres y montañas que otorgan por un instante sus poderes, rencores y arrepentimientos, todo narrado con una facilidad y ligereza que nos atrapa sin ningún esfuerzo, convirtiéndose por momentos en una auténtica novela gráfica.

Wayra tiene como amigo principal a Malki, inventor de artefactos, de carácter más bien tímido, con el que se logran escenas de humor. Los contrastes, en literatura, son lo primero que se aprende: Don Quijote y Sancho. Si hay leyendas que explicar, el código visual cambia a trazos negros pintados sobre un fondo ocre, como si fuera una pintura rupestre, que le otorga un carácter sagrado. Y por momentos está muy bien esa nota al pie de página con el significado en castellano de ciertas palabras en quechua, como Markachallwuay (ciudad de pescadores), porque Google no lo consigna, lo cual demuestra que aún existe conocimiento relevante que no existe en internet. En cuanto a los escenarios, Ricardo nos pasea sin esfuerzo por la costa, las profundidades de las montañas y las cumbres nevadas. Por todas las virtudes mencionadas, Wayra se alza, de manera indiscutible, como una historia con un gran futuro en el mundo del cómic peruano.