No tiene límite el cinismo del aún mandatario Sagasti. Es testigo de esa monumental violación a sus derechos humanos a la que continúan expuestos los peruanos pasivos del Covid-19 que, con suerte, consiguen salvar sus vidas. Sin embargo, ni pestañea. Más bien ignora olímpicamente el crimen de lesa humanidad que él -como antes Vizcarra- viene perpetrando. Nos referimos a la muerte de decenas de miles de peruanos víctimas de que este gobierno sainete desatiende las necesidades básicas de los hospitales, como plantas de oxígeno, respiradores eléctricos, camas UCI, etc., indispensables para salvar vidas. Sagasti jamás culpó a Vizcarra por la muerte de los ciudadanos criminalmente desatendidos por no haber adquirido pruebas moleculares ni tampoco comprar -con carácter urgente- los activos clínicos que hemos mencionado, fundamentales para que operen correctamente los nosocomios públicos. El país contempló aquel drama espantoso -durante los meses de abril a agosto 2020- que sufrían los enfermos y sus familiares, implorando ser internados en algún centro de asistencia estatal. Aparte de aquellos casos en que, estando internados en un hospital del Estado, las víctimas del Covid-19 agonizaban -y fallecían- ahogadas por ausencia de oxígeno, respiradores, camas UCI, etc. No era difícil prever que vendría una segunda ola. Por lo tanto, el régimen Vizcarra debió adquirir, con toda premura, dichos equipos y evitar una segunda masacre nacional. Pues el miserable Vizcarra no movió un dedo. Se dedicó más bien a fomentar pendencias entre los peruanos, abandonando las verdaderas necesidades sociales. Como preservar la Salud y la Vida del poblador. Repetimos, Sagasti jamás cuestionó a Vizcarra por tamaño crimen de lesa humanidad. Más bien participó muy activamente en defender a este rufián, mientras era constitucionalmente vacado por el Congreso. Es más, la agrupación política de Sagasti promovió violentísimas algaradas callejeras “en defensa de la democracia” (alegando golpe de Estado contra Vizcarra), que acabaron generando la muerte de dos activistas a quienes Sagasti homenajearía como “héroes nacionales”, por defender a un corrompido como Vizcarra. Un felón en esos momentos ya investigado por la Fiscalía. Pero fueron esas sangrientas algaradas las que abrieron las puertas a una segunda ola de contagios. Sucedió en noviembre 2020. ¿Hizo algo Sagasti por abastecer los centros de Salud del Estado para enfrentar esta segunda oleada mortífera? ¡No, amable lector! Sagasti ni siquiera tosió. Dejó las cosas como las recibió de Vizcarra. Es decir, en nada. Aunque ya en diciembre, acorralado por tantas evidencias de los contagios que crecían día a día -conforme registraban los hospitales estatales- Sagasti optó por revivir aquella compra dudosa de vacunas iniciada por el sinvergüenza Vizcarra, pactada en solitario con la empresa china Sinopharm, cuya vacuna es catalogada como la peor del planeta, aunque igualmente la más costosa, consecuentemente plena de corrupción. Sagasti desechó todas las demás vacunas. Esas sí, muy eficientes y económicas. Pero no contento con direccionarlas solamente a China, Sagasti provocó el escándalo conocido como “Vacunagate”, privilegiando la vacunación de la nomenklatura caviar que anida en su gestión. Ahora, continúan falleciendo diariamente centenares/miles de peruanos. ¡Y Sagasti ni siquiera se inmuta!

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