Contralmirante Carlos Sarmiento Dupuy

Han pasado cerca de 40 años, los niños de ayer son los hombres de hoy y muchos hechos han pasado al olvido. La juventud actual no tiene idea de la tragedia que vivió nuestra patria ni de sus repercusiones en los ámbitos político, social y económico. Algunos países recomendaban a sus ciudadanos no venir al Perú por el terrorismo. Los empresarios cerraban sus empresas y se llevaban sus inversiones a otros países; el terrorismo destruyó una gran cantidad de bienes del Estado y de particulares, incluyendo vías férreas, puentes, torres de alta tensión, infraestructura productiva, etc. Las pérdidas superan los 26 mil millones de dólares (equivalente a cientos de hospitales, colegios y carreteras). Algunas ciudades quedaron devastadas incrementándose la pobreza.
Al parecer nos hemos olvidado de la angustia que pasaban nuestros padres, de lo que era llegar a casa sin saber si habría corriente eléctrica, ni luz para que estudien los hijos, quienes tenían que estudiar con velas con el peligro de un incendio; sin saber a dónde llevar la cosas de la refrigeradora para que no se malogren, etc.
El ruido estruendoso de las explosiones de los coches bomba, la ansiedad por no haber llegado un hijo a casa, no saber si le habrá pasado algo, sin poder contactarse con ellos por la inexistencia de celulares; el toque de queda, sin noticias en la televisión por falta de energía, sin saber si el coche bomba de la noche había explosionado tal vez cerca a la casa de un familiar o un amigo.
La desesperación y la zozobra por la cantidad de personas muertas, de niños sin padres, de camaradas de armas mutilados, de autoridades, jefes y subalternos sacrificados por defender a la patria; del marido y la esposa que, cuando se despedían en la mañana, no sabían si volverían a verse en la noche.
“Viví las velas, los apagones, las bombas en las embajadas que llegaban a abrir las ventanas por la onda expansiva. Me acuerdo de la cinta adhesiva en los vidrios de las ventanas, de la bomba de Tarata; del toque de queda, de las noticias del 12 de setiembre cuando al fin le pusieron a Guzmán el traje que siempre mereció y nosotros lloramos de alegría”.
Fácil es verlo ahora, cerca de 40 años después. No nos acordamos que antes de salir a trabajar debíamos ver si en la calle había personas sospechosas, que nuestros niños se preguntaban entonces por qué teníamos que llevar pistola o ametralladora.
Que nuestros niños no salieran solos a la calle, que -como se dice en el argot criollo- crecieran sin “tener esquina”, que no podían jugar en el parque, que no podían tomar un micro, que tenían que estar siempre acompañados por un adulto.
En estas casi cuatro décadas de abnegada tarea, hemos experimentado el sentimiento profundo que causa la pérdida del amigo, del compañero de armas, del líder. Hemos sabido del indescriptible desconsuelo familiar ante la ausencia prematura del padre, el esposo, el hermano, el hijo. Cuando asistimos al Homenaje que la Marina de Guerra les rinde a los Héroes de la Pacificación Nacional y vemos a los familiares de los caídos honrándonos con su presencia, como un recordatorio de las personas que conforman nuestra sociedad, entendemos que llegado el momento difícil supieron comprender los riesgos de nuestra profesión y con absoluto desprendimiento entregaron y dejaron partir a sus seres queridos al servicio de la patria, colmándolos de bendiciones, profesándoles el amor de la familia, la única semilla del amor al Perú.
Manifestamos nuestro sentimiento ante lo absurdo de la pérdida de hombres de bien y profesionales intachables, cuyas vidas fueron arrebatadas por la acción abominable, demente e irracional del terrorismo; y repudiamos el accionar injusto y cobarde de un enemigo que, agazapado en el anonimato, asesina por la espalda.

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