La pandemia ha profanado la Navidad, ha matado a Dios. Entre nosotros es así. Santiago Zavala, o “Zavalita”, redivivo enloquece para convertirse en sujeto-fundamento de esta navidad pandémica. El personaje literario más legitimado por la mayéutica de la realidad nacional transmuta su narrativa: esta vez, periodista vargasllosiano y loco nietzscheano, el joven Zavalita vuelve a caminar cabizbajo y desventurado, con las manos en los bolsillos hacia el destino trágico de la Plaza San Martín, para decirse a sí mismo que el Perú se volvió a joder, y para, frenético, gritarles a todos que Dios ha muerto a mano nuestra: “Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado”.

La biopolítica de la pandemia no reconoce el límite de lo sagrado y lo profano. Michel Foucault recurre a su maestro Friedrich Nietzsche para entender la experiencia del límite que hace que el sujeto de sustraiga incluso de sí mismo: “La muerte de Dios no nos restituye a un mundo limitado y positivo, sino a un mundo que se desanuda en la experiencia del límite, se hace y se deshace en el exceso que la transgrede”. Imagino, por igual, al prosaico Zavalita en la pandemia limeña actual, y al refinado Foucault en la pandemia de Marsella del siglo XVIII: “La idea de una experiencia límite… ha sido para mí lo más importante en la lectura de Nietzsche, de Bataille, de Blanchot, y lo que, por aburridos, por eruditos que sean mis libros, hizo que siempre los concibiera como experiencias directas, tendientes a arrancarme de mí mismo, a impedirme ser el mismo”. Los momentos límites nos determinan.

El Dios de la navidad pandémica está muerto. Nietzscheana y foucaultianamente es así porque Dios o la idea de Dios ha perdido la capacidad de accionar como fuente del código moral del nuevo orden político mundial y del nuevo orden político nacional. La muerte de Dios está aniquilando todo el límite moral, y cede el paso a un cierto nihilismo raro que no hurga en los valores cristianos ni celebra las fiestas de Navidad de acuerdo a la tradición, pero que tampoco se halla en genealogía civilizatoria conocida. El discurso del loco nietzscheano, en el aforismo 125 de La gaya ciencia, no tiene nada que ver con la quema de las iglesias, ni con el lenguaje inclusivo en la misa del gallo. Pensar que la gran paradoja social de Dios es que siempre fue aliado de los dominantes, de sus acciones y de sus discursos.

La navidad pandémica radicaliza a la subjetividad objetivada como forma del conocimiento social y político: La noche buena se hace más noche y más profunda con nuestros muertos, con nuestros pobres, con nuestro ser simbólico. Como Nietzsche y Foucault, nuestro Zavalita es ahora hombre de linterna: “¡Busco a Dios!… Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla… ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita”. Los presidentes y los caviares pandémicos no son los superhombres o los últimos hombres, sólo se endiosan y han profanado la Navidad.

Juan Antonio Bazán