Análisis de las «entrevistas» a Pedro Castillo: Hildebrandt y Lúcar

El problema de fondo no es el ocaso de ambos periodistas. Hay un ámbito grave. Pedro Castillo y sus hordas están desmontando la escasa institucionalidad que le quedaba a este país y lo están convirtiendo en un país absolutamente informal.

Por Umberto Jara

Saber cuándo y dónde rendir las armas es clave en la vida de los combatientes. Ese instante es el que otorga honor o envuelve en deshonra. Hay quienes caen dando batalla; otros se rinden en un palacio. César Hildebrandt aprendió en la televisión a construirse una imagen de combatiente. Supo manejar con talento los resortes de la apariencia y la mayoría lo recuerda como un periodista aguerrido, belicoso. Fue siempre implacable y mordaz y, a pesar de ser un hombre con una cultura obtenida en los libros, tenía el mal gusto de utilizar el agravio acaso acorralado por ese carácter suyo que Mario Vargas Llosa sintetizó en una frase precisa: “Un hombre de carácter dificilísimo, susceptible y atrabiliario”.

Hildebrandt, a lo largo de su carrera, se sintió juez de todo y de todos. Fustigó, con razón o sin ella, a quien le venía en gana, incluso a mentes brillantes sintiéndose superior. Un ejemplo sea suficiente. Sobre nuestro Premio Nobel escribió: “Yo tenía la idea de que Vargas Llosa había encontrado el último peldaño del pozo en el que se sumergió desde que se hizo parte de las redes corruptas de la derecha española, pero estaba equivocado. Hay todavía nuevos subsuelos que explorar, alcantarillas más profundas”. El juez Hildebrandt, dueño de la pureza; los demás, infames todos.

Ese hombre de permanente ceño fruncido, perito en emboscadas, experto en cercos a los entrevistados, el que le hizo decir a un acorralado Belaunde “Ha sido un error darle esta entrevista”, ese mismo periodista se sentó frente a Pedro Castillo y le ofreció una entrevista sin repreguntas, dejó que Castillo no le conteste nada, le permitió que diluya todo en burdas generalidades.

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Antes de esa entrevista, Hildebrandt había opinado con dureza, y con razón, que Castillo “Está convencido de que él no preside un país, sino que encabeza una montonera”. También había escrito: “Tenemos a un presidente de dudosa reputación”. Nada de eso asomó en la entrevista que difundió con el excesivo rótulo de “Primicia”.

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