Corrupción y democracia de baja intensidad funciona al compás de los malos manejos políticos [ANÁLISIS]

El Estado de derecho como principio rector ha pasado a convertirse en un mero eufemismo, ironía y hasta una paradoja.


Hablamos de un tipo de democracia catalogada como de baja intensidad que en la práctica funciona en sintonía con la corrupción política. Se hace uso de la democracia para los fines contrarios y reversos para lo cual fue ideada, en donde impera el beneficio personal y el desmerecimiento de la ley como medio de protección recurriendo abiertamente al mal uso del derecho para fines de evitar el peso de la ley como realmente debería corresponderle.

El pueblo es utilizado para poner en práctica fórmulas de gobierno que no se condicen con los principios que rige la democracia, por eso hablamos de una democracia débil, sin capacidad de respuesta oportuna y eficaz frente a los desafíos que implica la corrupción.

Una forma de dominación soterrada característico de los regímenes políticos a los que poco o nada les importa el cumplimiento de la ley. Hablamos de un proceso político en donde priman determinados intereses que no se condicen con la creencia popular que la democracia es justicia, igualdad, reciprocidad, equidad y respeto por todo lo que señala la Constitución Política.

Naturalización de la corrupción

En el presente caso, la democracia de baja intensidad y la corrupción política van desde la misma mano como parte de un mismo esquema de operatividad y apoyo. Ambos componentes se necesitan y apoyan recíproca y mutuamente, en el sentido que uno no puede coexistir y desarrollarse, si es que no dispone del apoyo del otro, que es el que en última instancia le brinda las condiciones necesarias e imprescindibles que son fundamentales en el caso de corrupción en las altas esferas del poder. Ambas en realidad son parte de un todo.

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Hablamos que para mantener la corrupción es importante antes que nada, asentarla como un solo consolidado que es parte de una misma realidad y a la vez razonamiento, en la que la corrupción aparece mimetizada dentro de la política como parte de la normalidad.

Elecciones mediocres

No solo se trata de elegir en términos individuales o partidarios a quienes nos representarán en la labor de gobernar una nación, en tanto que hacerlo es solo un acto meramente formal de naturaleza electoral que se visualiza en la mente colectiva, haciéndonos sentir que el resultado de una elección ciudadana no es otra cosa que una decisión popular que tiene el respaldo unánime de las grandes mayorías como parte del juego democrático.

Una aglomeración de ideas dispersas y fragmentadas que encierran promesas y ofertas engañosas, las que al aparecer confrontadas suscitan más votos por oposición o por rechazo que por convicción.

Estado de derecho descompuesto

La corrupción política en nuestro medio debe haber calado tanto para desmerecer a la misma democracia, que el estado de derecho como principio rector ha pasado a convertirse en un mero eufemismo, ironía y hasta paradoja como medio de burla y festejo de parte de los corruptos.

Hablamos no solo de desmerecer el Estado de derecho incumpliendo sus principios o componentes rectores, sino de reducirlo a su mínima expresión e ineficacia en relación a lo que la ley establece y manda. Todos los días los corruptos le sacan, de las formas más grotescas, la vuelta a ley, en muchos casos con la complicidad directa o indirecta de malos funcionarios que tienen entre sus funciones suscitar que se cumpla con la ley.

Componentes rectores ideados para fortalecer la democracia y el estado de derecho, vinculados con la presunción de inocencia del ciudadano, el respeto al debido proceso, la prescripción, la inmunidad y otros aspectos consustanciales, han dejado de ser medios que garantizan el Estado de derecho en una democracia plena y respetuosa, para pasar a convertirse en medios legales menos que ideales que operan a la inversa o al revés.

En ese estado de cosas lo que persiguen no es otro objetivo que la impunidad como fórmula para evitar la sanción y el castigo. Se trata, como se dice, de sacarle la vuelta a la ley haciendo uso inverso de los principios que rigen la democracia.

Políticos de honestidad dudosa, se sienten como pez en el agua en democracias de baja intensidad. Saben esta clase de políticos, que uno de los mejores medios de defensa de que disponen para autoprotegerse, es la falta de capacidad de la democracia para enfrentar y responder casos de corrupción en las altas esferas del poder.

Relaciones personales, poder económico, apoyo de algunos medios de comunicación, el mismo ejercicio de la función pública, suscitan que la democracia de baja intensidad sea un medio ideal para evitar que las leyes se les aplique.

Se aprovechan del desorden institucional, la inestabilidad en la que se encuentran, la superposición de funciones o las confrontaciones entre los sectores de la administración pública, pasan a convertirse en factores de distracción para evitar el interés de la opinión pública y tenerla confundida.

Paso del tiempo

La falta de respuesta rápida e inmediata del sistema frente a casos graves de corrupción es característica de las democracias de baja intensidad. El paso del tiempo es un aliado ideal tanto para que la corrupción aparezca encubierta, como para que la impunidad se consolide y todo se convierta en el pasado como parte de los recuerdos que no conviene revivir.

De poco o nada sirven las leyes y los códigos, si es que las sanciones que corresponden no se aplican en forma oportuna, recurrente y pertinente. Se trata de buscar todos los medios legales y políticos para que los procesos por corrupción duren años mientras que se investiga y eventualmente se logra algún tipo de sanción.

A diferencia de la corrupción en una democracia de baja intensidad en la que los casos oiícitos siempre quedan en el olvido, en una democracia fuerte y sólida la capacidad expeditiva para responder en términos y condiciones inmediatas, no solo es una garantía sino que pone en evidencia que efectivamente la democracia está funcionando por lo menos como lo preconizan las leyes.

Democracia ineficiente

La democracia debe ser evaluada, si es que realmente cumple o no con los objetivos supremos para lo cual fue creada y puesta en práctica.

No es que con la democracia la corrupción debe desaparecer, porque en todas las democracias incluso en las que más se acercan a la perfección, siempre aparecen casos de corrupción como parte del comportamiento humano.

De lo que se trata no es de utopías sino que cuando se usa a la democracia para consolidar el delito, a la vez se hace un uso doloso de las prerrogativas que otorga el Estado de derecho donde el juego democrático termina anulado.

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