Cuándo se jodió España (Y de paso el Perú)

Cuando los conquistadores convencidos de que la riqueza provenía del mineral y no del capital -el mismo “bullionismo” del que participan hoy ciertos mineros peruanos-, España se atiborró de metales preciosos, creó capital ficticio y pasó de ser el país más rico al más pobre de Europa.

Por Hernando de Soto

Para que no se repita la historia y se acabe con los conflictos sociales que paralizan el desarrollo del Perú es crucial salir del marco bullionista, dentro del cual se estimulan pasiones —“tierra o muerte”— y se reducen las posibilidades de solución al ámbito político de la soberanía y la corrupción. Por eso hemos desarrollado una propuesta que aborda el tema por la vía del capital, donde existen los mecanismos necesarios para alinear y transparentar los intereses en juego utilizando la tecnología digital y sin que nadie pierda territorio.

Pero para llegar a nuestra propuesta y entender la estrategia que la orienta es indispensable comprender que el obstáculo fundamental que hay que remover es el anticapitalismo minero, que proviene de un poderoso paradigma clasista creado por Karl Marx denominado “Capital Ficticio”. Este se basa en la convicción de que las ganancias de las mineras son extraídas no del subsuelo, sino del pellejo de los dueños de la superficie a quienes han embaucado dándoles un capital efímero, ficticio, que contrasta con el capital real que reciben y acumulan las mineras.

El capital ficticio en el Perú del siglo XXI

Este tema del capital ficticio es hoy particularmente sensible en el Perú y en el resto de América Latina porque deriva de lo que las mayorías consideran una gran estafa. Para comprenderlo, recordemos que en 1990 cuando el comunismo económico colapsó, esas mayorías optaron por construir una economía libre y capitalista. Para respaldar esta construcción, el Estado reconoció las pequeñas empresas, tierras y posesiones del Perú profundo quienes se pusieron las pilas para generar capital, entendido como un valor que no iba a colapsar.

Trágicamente, 30 años después, cuando nos azotó el covid, el capital que generaron los pequeños emprendedores del Perú profundo colapsó: en menos de un año la mitad de sus actividades empresariales, ahorros e ingresos desaparecieron. Esto permitió a los comunistas decirles a las víctimas que ellas habían sido estafadas con “capital ficticio”. Indignados, hoy están llenando plazas y bloqueando la explotación de los recursos que están sobre y bajo sus tierras.

El capital ficticio es una vieja enfermedad recurrente que ha dejado suficientes huellas que nos permiten curarla

Esta enfermedad fue identificada en el siglo XIX, época en que el capitalismo desplazaba a los regímenes económicos tribales, feudales y comunales y cuyos miembros desplazados, ayer como hoy, conformaron pequeñas empresas que se encontraron en desventaja frente a las empresas bien capitalizadas y que operaban a gran escala.

Para evitar que estos conflictos sociales devengan en una explosión incontenible, los gobiernos occidentales, igual que hoy, promulgaron legislación especial para que los desplazados puedan asentarse en propiedades urbanas, agrícolas, zonas mineralizadas y recibir créditos. Como resultado, las entidades financieras abrieron sus ventanillas y prestaron sobre todo en base a deudas, debido a la poca información existente sobre los activos informales.

Al principio el crédito fluyó sin problemas, pero cuando llegaron los malos tiempos —epidemias como la del cólera de entonces o el covid de hoy— los bancos, temiendo la morosidad, dieron un brusco giro de 180 grados, pasando de la expansión a la contracción del crédito y ¡zas!, el dinero prestado desapareció, arrastrando el valor de mercado de los activos, las acciones y los pagarés de las pequeñas empresas, obligándolas a desinvertir y consumir sus ahorros. Entonces, al igual que hoy en Latinoamérica, la sociedad se dividió en dos partes: aquellos que tienen capital real que no colapsa y los de las pequeñas empresas a quienes les dieron capital ficticio.

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Karl Marx: El capital sólo vive en el universo de las cosas existentes

Cuando los Estados Unidos sufrió su primera gran crisis financiera en 1819, Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, acuñó el término “capital ficticio”, definiéndolo como documentación financiera desconectada de la propiedad. Pero al igual que la mayoría de los economistas clásicos desde Marshal, Galbraith y Hayek, este admitió que no tenía una solución para evitar que se siga creando “capital ficticio”. Según Jefferson, ello requeriría “…más conocimientos de economía política de los que poseemos”.

El que sí dijo que tenía una solución fue Karl Marx y creó el paradigma según el cual el capital real sólo se refiere a activos que ya existen. Cualquier papel valor que crea un derecho de propiedad sobre algo que no existe o es aparente —sean acciones, participaciones, bonos y derechos mineros o financieros vendidos para invertir en nueva producción— es capital ficticio. Cualquier supuesto valor potencial que supere el costo del trabajo es ficticio, “totalmente ilusorio”, “valor inflado artificialmente” y “especulación descarada”, es decir, es capital ficticio.

Este paradigma perdura pues los discípulos de Marx lo han actualizado constantemente al extremo de que hoy acusan a las finanzas digitales de usar “sutilezas metafísicas” y “los metaversos” para generar y encubrir una riqueza falsa.

El Misterio del Capital: el capital vive en dos universos, el de las cosas que existen y el de las que potencialmente pueden existir

Como lo afirmé en “El Misterio del Capital” y en mis debates con Thomas Piketty, (Revista “Le Point” 2223, Francia: 16 abril 2015), Marx se equivocó: el capital real vive en dos universos del conocimiento.

El primer universo es aquel donde se registran las cosas que ya existen, las aparentes, tales como el Hotel Melody, el litio inexplotado de Puno o las deliciosas granadas de Chincha.

Pero es en el segundo universo, el de los mercados donde se forma el capital y donde se conciben, examinan, miden, fiscalizan, registran, titulan, titularizan y se concretizan aquellas cosas que sólo existen potencialmente.

Es en este universo donde las naciones avanzadas le extraen plusvalías inesperadas a las cosas que ya existen y conciben de la nada -ex-nihilo- cosas que aún no existen. Es ahí donde se construye, cultiva y maneja el lenguaje que permite identificar, significar, valorizar y comunicar la realidad potencial. Además, es el lugar donde funcionan los mecanismos que permiten filtrar las invenciones deficientes o las propuestas fraudulentas para quedarse sólo con las ideas que funcionan y que pueden ser negociadas.

Explicar este universo a un intelectual es relativamente sencillo pues me basta referirme a Aristóteles, quien a partir de una traducción que contraté del griego antiguo al español, concluyó que: “el potencial de las cosas es mucho mayor que las cosas en sí mismas”.

Pero para explicárselo a mis amigos mineros, que son ingenieros, me referiré a las aguas plácidas del Lago Junín donde se origina el potencial de la energía que mueve nuestra industria e ilumina nuestras ciudades.

A partir de esa imagen, explico que el capital, al igual que la energía, es un potencial que, para concretarse y realizarse, requiere de una cadena de transformación de 7 grupos de protocolos: los que certifican la energía potencial del agua midiendo su volumen y su altitud; los que certifican la cantidad de energía cinética que podría generarse al final de su caída gravitatoria; y los que certifican el tipo de turbinas y generadores que serían necesarios para transformar la energía cinética en electricidad controlable que, cuando finalmente llegue a nuestros hogares y empresas, valga no sólo la suma de los valores individuales de cada transformación energética, sino cientos o miles de veces más que el valor aparente del plácido Lago Junín.

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