Genocidio en Sachabamba
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Eran las once de la noche del 15 de noviembre de 1984 en el pueblo de Sachabamba, Ayacucho, cuando una horda de senderistas sorprendió a sus habitantes dormidos y tras sacarlos a golpes de sus casas, acuchilló y degolló a más de medio centenar de ellos, incluyendo ancianos, mujeres y niños en medio de gritos y quejidos de las víctimas.

Lo que sigue es el testimonio de Mardonia Padilla Cuba y su primo Manuel Cuba Cuba, entonces adolescentes, quienes lograron sobrevivir a la matanza de la que no pudieron escapar sus familiares Alejandro Padilla Curo y Josefina Cuba Cuba.

«Los cabecillas eran cinco hombres y cinco mujeres quienes utilizando un megáfono exclamaban: ‘miserables, soplones, traidores a la causa, morirán como carneros degollados por negarse a apoyar al presidente Gonzalo’», reveló en quechua Mardonia, como consta en los archivos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE).

«Vi primero como a mi padre lo cogieron y lo cosieron a puñaladas y cuando se defendía le clavaron un pico en la cabeza. A mi madre la degollaron, dos hombres la sujetaron de los brazos y de los pies mientras una mujer reclamaba una y otra vez el cuchillo para luego decapitarla», señala en su manifestación.

«A mi hermano – continua – le amarraron las manos con su propia chalina y lo sacaron al patio donde fue victimado. Mi primo Manuel y yo dormíamos en un cuarto al fondo de la casa. A mí, un hombre robusto me cogió de los cabellos y me tiró cara al suelo y comenzó a cortarme la espalda, después el cuello. En esos momentos me desmayé, después desperté al lado de mi madre que estaba en medio de una laguna de sangre», indica Mardonia y explica que la abandonaron creyéndola muerta.

Dicho testimonio fue corroborado por su primo Manuel Cuba Cuba, quien también fue testigo presencial de la crueldad con que fueron asesinados sus tíos.

«A mí me agarraron dos jóvenes que no llegaban a los 20 años,. Quería escaparme por entre sus piernas, pero uno de ellas me agarró de los pelos y me hizo un corte en el cuello. Al sentir el dolor me hice el muerto, por eso me salvé», se lee en su testimonio.

Más adelante señala: «En todo momento escuché que hablaban: ‘hay que apurarnos para terminar con toda la población. Ninguno de los desgraciados de Sachabamba se va a escapar’».

«Hablaban un quechua que no era ayacuchano. También escuché que en la calle la gente gritaba. Las mujeres clamaban piedad y se encomendaban a Mamacha Cocharcas. Los niños gritaban y lloraban y los perros ladraban incesantemente», se lee en su testimonio.

«Pude ver que una de las jóvenes llevaba dos pistolas y la otra una escopeta. No identifiqué si eran ametralladoras. A todos los mataron en sus propias casas. Al amanecer vi que la mayoría de los muertos estaban desnudos, porque los habían sorprendido durmiendo. En Sachabamba se acostumbra dormir cuando  comienza a anochecer, alrededor de  las siete de la noche», cuenta.

Relata  que “al amanecer numerosos vecinos regresaron de los lugares donde se habían escondido. Recién comenzaron a ayudarnos. Mi prima y yo amanecimos en un rincón de la casa. Delante estaban mis tíos degollados en medio de una laguna de sangre. Mi primo [hermano mayor de Mardonia] estaba en el patio también degollado y con un pico clavado en la cara».

«Cuando la gente nos sacó de la vivienda vimos en la calle 26 muertos, todos eran vecinos de las seis casas aledañas a la nuestra que habían sido quemadas. Los asesinos se llevaron ropa, víveres, radios y dinero», agregó.

«CLAVEN CUCHILLO EN EL CORAZÓN»

El pequeño Manuel reveló que cuando daban muerte a Alejandro Padilla Curo, una mujer de pantalón jean de aproximadamente 30 años ordenaba “no perder el tiempo» y gritaba a sus  sanguinarios cómplices: “claven el cuchillo en el corazón y destrocen la cabeza con piedras».

También contó que en la vivienda colindante a la de su familia escuchó gritos escalofriantes. Allí un terrorista de voz ronca  preguntaba por el agente municipal de Sachabamba Vicente Vega cuyo cuerpo fue hallado al amanecer cercenado junto a los de su esposa y seis hijos, entre ellos un bebé de meses de nacido al que también degollaron.

En la tarde habitantes de los caseríos cercanos llegaron a ayudar a los pocos sobrevivientes a enterrar a las víctimas y luego los trasladaron al anexo de Puca Ccasa. Dos días después llegaron efectivos militares y recogieron la información de ambos primos a los que posteriormente trasladaron a un refugio para huérfanos en Huamanga. Según los testimonios, las huestes de Abimael Guzmán llevaban ponchos, pasamontañas y botas. No hicieron un sólo disparo durante la incursión a Sachabamba

 OTRA MASACRE

Por investigaciones de los G-2 (responsables del Sistema de Inteligencia) se llegó a la conclusión de que los senderistas que diezmaron la población de Sachabamba habrían sido los mismos que meses antes asesinaron a 71campesinos en Soras, al sur de Ayacucho.

Allí los senderistas convocaron a los pobladores y les exigieron  convertirse en una  «Base de Apoyo del Nuevo Poder» que estaría presidida por un «comisario» escogido por ellos y a quien deberían tener ciega obediencia.

Ello dio lugar a una férrea oposición por parte de un grupo de pobladores, quienes  sostuvieron que no podía existir un gobierno paralelo. La discusión duró unos minutos y fue cada vez màs tensa hasta que el cabecilla  encolerizado gritó: “¡Miserables belaundistas, morirán como perros!».

Acto seguido se produjo una balacera que segó la vida de todo un pueblo, no tuvieron compasión ni con los niños. Cuando callaron las balas en la plaza quedaron regados los cuerpos de las víctimas.

A las nueve de la noche como siempre llegó a Soras el «Cabanino», ómnibus proveniente de Lima con sus 30 pasajeros, quienes se sorprendieron al no ver en la plaza las luces y el bullicio con que siempre los lugareños esperaban a sus familiares.

Al descender, doce pasajeros empezaron a llamar a gritos a sus familiares y, como respuesta, recibieron una lluvia de balas que dejaron una docena de muertos. Ante eso, Saturnino Huarcaya, experimentado chofer dio marcha al vehículo y no se detuvo hasta la puerta de la Subprefectura de Puquio, donde denunció lo sucedido.

Fue orden de Guzmán

Durante una entrevista que tuvo el creador de las rondas campesinas, Alberto Valencia Cárdenas, con el general EP Howard Rodriguez, entonces jefe político militar de Ayacucho, le reveló que las investigaciones habían confirmado que la orden para ambos genocidios fue dada directamente por Abimael Guzmán.

El  cabecilla maoísta había dicho a sus esbirros que “era necesario quebrantar con sangre la voluntad del pueblo y que estaba seguro que la matanza de Soras  se difundiría como reguero de pólvora por todo el sur de Ayacucho y que todos los pueblos verían en el espejo de Soras, lo que podría ocurrir si se negaban a colaborar con el «Ejército Guerrillero Popular».

Esa versión fue corroborada por Jairo Ramírez en enero de 1992 cuando voluntariamente se entregó en el Cuartel de Mazamari  y fue conducido al Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE).

Ramírez se convirtió en el primer arrepentido y contribuyó a la captura de numerosas «células» senderistas  que operaban en la región andina y en la ceja de selva.

Reveló que en el plenario realizado en Huancayo, Guzmán ordenó «profundizar las llagas y hacerlas más sensibles en aquellos lugares en que la población se resistiera a constituir ‘Bases de Apoyo’ que permitirían crear zonas liberadas».

Al ser interrogado por el coronel  EP Alberto Pinto, entonces jefe del SIE y sus asesores, Ramírez indicó que Guzmán dijo que “la concepción maoísta se considera indispensable tener una determinada extensión en la que el Partido [Ssendero Luminoso] sostiene un control total de las actividades productivas, sociales y políticas».

Habría dado a entender que a Sendero no le interesaba el dominio territorial, sino una constante y efectiva presencia en espacios estratégicos. Pues, lo que se buscaba era tener dominio a los largo del cordón cocalero, es decir de Cajamarca a Puno, eliminando poco a poco todo “los rezagos  semicoloniales».

 PROXIMA ENTREGA: QUEMAN VIVOS A CAMPESINOS

 LE ORDENARON MATAR A AMIGO DE LA INFANCIA 

El terrorista Jairo Ramírez abandonó Sendero Luminoso porque se negó a asesinar a un juez, amigo de su infancia, con quien se reencontró en circunstancias que se le había ordenado quitarle la vida en un tambo cercano a Aucayacu.  Al no hacerlo, iba a ser sometido a un «juicio popular», por lo que prefirió entregarse a las autoridades en Mazamari.

CÉSAR REÁTEGUI

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