La pesadilla del pueblo asháninka que no cesa
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Por Italo Oberto Besso

Las comunidades asháninka, ubicadas en el Valle de los Ríos Apurímac y Ene, fueron las víctimas olvidadas de la brutalidad terrorista. Las huestes del malogrado Abimael Guzmán se ensañaron con ellos, los convirtieron en carne de cañón y las mujeres y niñas fueron sus esclavas sexuales y meras productoras de ‘los nuevos hijos de la revolución’, mientras los hombres, sin importar la edad, estaban condenados a cargar un fusil y entregar su vida por una ideología que no entendían.

Aunque la pesadilla asháninka se inició a finales de los años 80, para muchos de ellos está lejos aún de terminar. Según datos oficiales, Sendero Luminoso -que pretende llamarse Militarizado Partido Comunista del Perú– mantiene cautivos y en condiciones de esclavitud a cerca de 200 personas, de los que entre 70 y 80 son niños.

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Tras fracasar en su intento de convencerlos con promesas de lujos y joyas, mezcladas con panfletarias utopías y paraísos terrenales, las huestes senderistas iniciaron una política de terror y asesinatos entre las comunidades asháninka hasta convertirlos en esclavos.

“El secuestro forzoso empieza en los 80. La CVR en realidad casi no menciona este hecho, porque son poquísimas páginas, porque no entraron a esa zona. Ese es un capítulo obviado por el informe, una omisión grave del informe de la Comisión de la Verdad. Yo hablé con Carlos Tapia, y la excusa que él me dio por no haber incluido eso y no averiguar, era que era una zona peligrosa y las Fuerzas Armadas les habían advertido que no podían entrar a esa zona”, señala el periodista Víctor Tipe.

Este hecho se produjo tras la ofensiva de las Fuerzas Armadas en Ayacucho, los terroristas llegaron hasta la zona del Valle de los Ríos Apurímac y Ene que buscaban convertir en zona liberada, ‘un nuevo Estado’. Para ello, con tácticas de amedrentamiento, depredación y tortura desarmaron a las comunidades nativas y las convirtieron en verdaderos campos de concentración.

Hoy, según reportes, hay más asháninkas secuestrados y sometidos al yugo del terror impuesto por las huestes de los Quispe Palomino que pretenden distanciarse de Sendero Luminoso, pero que conservan aún sus consignas y sus mecanismos de opresión.

Las primeras huestes senderistas que huían de la ofensiva en Ayacucho llegaron al Ene con colonos dedicados al cultivo de la hoja de coca y que se habían asentado en la margen izquierda del río Ene. Este llamado ‘Comité de Colonización del río Ene’ sirvió como punta de lanza para insertarse en esta región e iniciar sus actividades proselitistas.

Sendero llegó a la provincia de Satipo, declarada en estado de emergencia. En 1989, el grupo terrorista intensificó sus acciones y al año siguiente llegaron a tener el control absoluto en todo el río Ene y en el Alto Tambo, según informe de la CVR, pese a que ya existían la base militar de los Sinchis en Mazamari y un cuartel del Ejército en Satipo.

EMPIEZA EL TERROR

Tras sus intentos de adoctrinamiento, promesas vacías y otros ofrecimientos, Sendero Luminoso recurrió a lo que mejor sabe: imponer el terror y la muerte. La brutalidad dejó como lamentable saldo la desaparición de por lo menos 40 comunidades asháninka.

A partir de ese momento, ya no podían huir. Los terroristas habían cercado la zona y controlaban los ingresos y salidas. Empezaron a repartirlos a distintos campos, distantes entre ellos, a algunos se los llevaban a otras regiones. Muchas veces dividían familias, asesinaban e imponían sus órdenes a sangre y fuego.

La CVR cuenta, a partir de los testimonios, que Sendero comenzó a llevarse a los niños asháninka para ser adoctrinados y entrenados militarmente.

Un joven, llevado por PCP-SL cuando tenía 10 años, contó que PCP-SL: “[…] enseñaba cómo matar, saquear, cómo traumar a la gente, asustar para que huyan y quedarse con las cosas. Nos llevaban para saquear, mataban a las gentes (asháninkas). A las mujeres les enseñaban a trabajar. Una mujer era comando. Mataban a la gente que flojeaba, estaba pensativa, o por traición”.

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