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Lo bueno, lo malo y lo feo del Covid-19

Director del Instituto Nacional de Salud Mental Hideyo Noguchi, Dr. Humberto Castillo, dice que otro tercio está mortificado por la cuarentena y otros han fortalecido muy bien sus vínculos directos.

Lo bueno, lo malo y lo feo del Covid-19
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Por: Jorge Alania.

La situación de la salud mental en el Perú es crítica. Sin embargo se avizoran tiempos de esperanza. Como en el confinamiento por el Covid-19, que muchos especialistas veían como catastrófico para la salud mental de los peruanos. No ha sido así. No será así. Veamos por qué con el Dr. Humberto Castillo, psiquiatra y sociólogo que dirige el Instituto Nacional de Salud Mental, Hideyo Noguchi, entidad que en esta pandemia ha tenido cambios importantes. De tener 68 internados de forma permanente, ha pasado a diez. Tanto es así que no hay hospitalizaciones psiquiátricas propiamente dichas.

-El célebre psicoanalista Erich Fromm decía hace 50 años que si por unas semanas dejaran de abrir los estadios, los bares, los restaurantes, los cines, no habrían válvulas de escape para la gente y saldrían entonces muchas neurosis… ¿Han salido o saldrán después de este confinamiento de más de 100 días?
La mente se va organizando entre lo íntimo y lo público, entre lo consciente y lo inconsciente y también creo que las sociedades van modulando su salud mental, lo que es normal y anormal. Yo creo que ahora estaríamos en un escenario de nueva normalidad, con nuevas formas de salud mental, lo que podría haber sido salud en un momento, en otro momento puede no serlo. Gofman habla de las instituciones totales; una institución total es aquella que rige todo el tiempo de la vida bajo un mismo régimen de poder. Entonces, claro, cuando hablamos del confinamiento, estamos bajo un mismo régimen de poder; por ejemplo los niños están bajo el régimen del padre o de la madre y no en el régimen del colegio donde hay otra autoridad. En ese sentido, el confinamiento ha tenido y tiene un potencial mortificador del yo, de la subjetividad y provoca malestar.

-¿Con esta nueva normalidad van a aparecer nuevas enfermedades mentales?
Mi visión es que si bien ha habido este totalitarismo en el que las personas han podido tener el cuerpo atrapado, su mente ha estado libre. La gente ha estado trabajando, divirtiéndose, reuniéndose virtualmente, las tecnologías de la comunicación han impedido este efecto devastador que podría haber tenido el confinamiento en el mundo subjetivo. Es más, también creo que ha habido situaciones en las que las personas han logrado calmar algunas cosas. Salir al cine, al concierto, a la discoteca, también se había convertido en rituales que vulneraban la propia libertad del sujeto. Digo rituales porque la gente va a una discoteca y se pone en un “modo”, en un ritmo que no necesariamente es parte expresiva de su ser, ni una expresión autentica, sino es parte de un ritual. El espacio público es entonces otro espacio de presión para el sujeto, también la institución llamada “fin de semana” terminaba siendo restrictiva para muchas personas. He hablado con pacientes que tenían la tendencia de consumo de diversas sustancias, de vincularse en relaciones inestables y tóxicas; ellas están mucho mejor con el confinamiento, han reducido su angustia, su ansiedad, porque saben que no pueden salir, que no pueden conseguir muchas cosas que antes conseguían, se han ido adaptando y se sienten contenidas, con límites, protegidas, más seguras.

-¿En los próximos meses habrá incremento de ansiedad, de depresión, de trastornos?
Creo que mucho menos de lo que habíamos imaginado, vimos al principio el confinamiento como un dispositivo muy mortificante, pero también estamos encontrando que muchas subjetividades se han aliviado con él. Yo dividiría el universo de la gente en tres grupos. Un tercio que sí se ha mortificado por el confinamiento, que se le ha cerrado sus espacios de liberación. Otro tercio al cual estas restricciones le han permitido fortalecer los vínculos más cercanos y reducir la toxicidad del espacio público, del tráfico y todo lo que conlleva esta situación de estar en las calles. Y finalmente el otro tercio – que me preocupa mucho- es el que tiene pérdidas materiales, el trabajo, el sustento.

-¿Cómo se aplica precisamente este razonamiento a esta población pobre, que ha perdido mucho con el confinamiento?
Creo que para este sector ha resultado en un fuerte nivel de estrés, por tener un mecanismo de subsistencia muy inmediato, por depender económicamente del día a día, y de la acción en el espacio público, de las restricciones en el consumo, en las oportunidades para sus cuidados básicos, esto sí ha golpeado la subjetividad y los ha puesto en esa encrucijada: morir de la enfermedad o morir de hambre, en esa frase está cargada todo el dramatismo de la inequidad, la injustica, la pobreza.

-Medios especializados del exterior hablaban de un aluvión de enfermedades mentales post pandemia. ¿No es tanto así entonces?
No es tanto así, yo también soy del grupo de los que imaginábamos que esto podía ser muy crítico. Yo creo que se ha reforzado esta capacidad de adaptación que tenemos en las personas. Hay una frase que dice “Lo que no mata, engorda”. Es decir, las precariedades o las injurias, si no te destruyen, te fortalecen, creo que de esta experiencia ha habido de los dos lados. Muchas personas, un sector importante, se ha fortalecido, ha activado la solidaridad, la empatía, el autocuidado, muchas personas se han hecho cargo de su salud mental. Es más, muchas personas han podido darse cuenta de su mente, darse cuenta que tenemos un dispositivo donde aparecen emociones, pensamientos, sensaciones, deseos, que los podemos observar, cambiar, mirar, gestionar nuestra propia mente. Muchas personas han descubierto que pueden relajarse, que pueden estar solos, que no tienen que correr inmediatamente en busca de un alguien, que pueden calmarse solos.

-¿A quién afecta más el confinamiento? ¿Al hombre o la mujer?
Si tomamos como punto de partida un régimen machista donde el espacio público es para los hombres y el espacio privado o doméstico para las mujeres, tenemos que el hombre ha tenido que entrar al espacio dominado por la mujer, en este esquema machista, repito.
Eso puede haber llevado a una mayor equidad de poder, creo que al estar en la cancha doméstica y al tener ahí más recursos, más manejo por parte de la mujer -no es machismo sino me refiero al espacio en donde se da este régimen- puede haber ocurrido un equilibrio de poder, que seguramente para muchas personas no ha sido fácil
Y es que todo equilibrio de poder implica un conflicto, entonces puede haber un conflicto, una lucha, pero lo que también ha extrañado es que la violencia no se ha incrementado, en mi percepción, se ha reducido. Creo que en parte es porque ha habido un mejor equilibrio de poder, y también se ha creado un campo para una mayor confianza.
Entonces, el confinamiento al hacer que las personas se mantengan en el mismo espacio reduce la desconfianza de terceros y también les da más presencia a las personas en la familia y reduce cualquier efecto negativo del espacio público.
Por eso es que muchas personas, muchos usuarios de las terapias reconocen eso, que son parejas que se han integrado más, que han reducido su desconfianza, que han mejorado el conocimiento uno del otro. Por cierto, está el caso de los abusadores estructurales y su violencia constante contra la mujer que es una lacra de la sociedad y contra la cual hay que seguir luchando.

¿Puede haber más relación humana y más amor en un mundo sin abrazos?
Los abrazos se van sustituyendo por otras formas de expresión del amor y el afecto de las personas. El cerebro tiene una plasticidad increíble, los seres humanos somos increíbles en eso, podemos transmitir y establecer vínculos de múltiples formas, la mirada tiene una capacidad muy grande para transmitir cosas, las palabras tenemos que maximizarlas, tenemos que maximizar nuestros tonos de voz, nuestra gestualidad, creo que hay formas sustitutorias, todavía no plenas, pero por las experiencias de las generaciones que se manejan por el internet o imágenes, las personas logran estimularse bien en una relación y sentirse amados.

-Háblenos un poco de los centros comunitarios…
En el país lo que teníamos como prestación de servicios públicos para salud mental eran los tres hospitales especializados y algunos servicios de psiquiatría y psicología en los generales. Ahora tenemos 154 centros de salud mental comunitarios, una cantidad pequeña aún, porque necesitamos mil para que el modelo funcione plenamente. Significan una diferente forma de atender la salud mental desde una lógica de varios actores: la enfermera, el trabajador social, pero también el profesor, el policía, que van incorporándose en el cuidado de la salud mental y el propio usuario, avanzando en una lógica de articulación de todos estos saberes.

-Cómo interpreta el refrán que de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco.
Es muy real. La configuración de la enfermedad mental varía en la sociedad y en el tiempo, y en la vida cotidiana este juego sería para mí un eje principal, la racionalidad y la emocionalidad en la conducta. Es decir, la personas vamos variando nuestras conductas, desde las más racionales hasta irracionales, o mejor dicho, con otras racionalidades, que tienen que ver más con el juego, con la expresión emocional, que no están viendo ventajas ni desventajas, que tal vez no son funcionales a algo, pero que son expresivas. Y se juzga como locura a estas expresiones que están saliendo de esta racionalidad. Para mí la salud mental es eso, una mezcla de poesía y locura. No olvidemos, a todo esto, que la razón llevada a su máxima expresión es también otra forma de locura.

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