Sendero convirtió a Ccano en pueblo fantasma | INFORME
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Por Italo Oberto-Besso

Eran las 11.30 de la noche. El silencio de la noche ayacuchana era roto por el canto de un puñado de hombres y mujeres, niños y ancianos, y niñas, madres y embarazadas, que se habían reunido en el templo de la Iglesia Pentecostal para conmemorar una de aquellas ceremonias en las que confluían ancestrales rituales y nuevas creencias. No sabían aquellos que alzaban su voz hacia Dios, que esa noche la muerte se enseñaría con ellos.

Fue el 27 de febrero de 1991, en el centro poblado de Ccano, en el distrito de Uchuraccay (Huanta-Ayacucho). Aquella ceremonia, dirigida por el pastor Feliciano Yaranga Ávila, en la que los muertos eran evocados por sus familiares y amigos se convirtió en el inicio de un despiadado ritual de sangre y violencia que dejó como sangriento saldo 36 pobladores asesinados y una comunidad convertida en pueblo fantasma.

Es entonces cuando tres terroristas armados hasta los dientes y vestidos con uniforme militar y pasamontañas se apostaron en la puerta de la Iglesia Pentecostal y descargaron, sin miramientos, ráfagas de los fusiles sobre los asistentes. El triste final en el templo fue de 26 personas asesinadas, y 5 heridos de gravedad.

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Algunos escaparon por las ventanas y otros, tirados en el piso, pidiendo a Dios que no cumplieran con el repase, se hicieron los muertos.

TESTIMONIOS

“Estábamos orando de rodillas y cantando. Habíamos estado ahí desde las siete de la noche. Siempre nos reunimos en la semana, en nuestro templo. Cuando comenzó la balacera a mí me ha caído en mi cabeza por mi oreja izquierda. Ahí me he privado y de seguro los senderos han pensado que ya era muerta nomás”, contó la niña Jesusa Huamán, una de las sobrevivientes, al corresponsal de la revista Caretas.

Pero no es la única voz que narró aquel infierno. Otra sobreviviente narró el terror de la noche.

“En otra parte seguían asesinando; otra parte, golpeando con garrotes; otra parte, con sus armas matando. “Ahora vamos a acabar con estos perros miserables. Los vamos a convertir en ceniza”. Diciendo así, remataban a los heridos agonizantes y quemándolos con fuego. Entonces, estando así, esa hora yo me agarré fuerte la mano y pensé, apretando mi mano, me rematarán disparándome en la cabeza o en mi espalda.

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Seguía apretando mi mano, haciéndome la muerta en el suelo. Me hice la muerta con la esperanza de que no se les ocurra rematarme, diciendo”, contó Asunta Tambracc de Chávez, sobreviviente de la masacre, ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

LA MASACRE NO CESA

Sin embargo, la pesadilla no terminó. Aquel infierno para aquella comunidad duró al menos dos horas. No eran solo los tres asesinos que abandonaron el templo tras su crimen. A Ccano habían llegado una veintena de terroristas, armados con fusiles, machetes, lanzas y cuchillos, en tres camiones que se estacionaron en la plaza de armas de Ccano.

Antes de ir al templo, tres de ellos llegaron a la casa de Fermina Quispe y le pidieron que les vendiera aguardiente. Ante la negativa de Doña Fermina, asesinaron a su hijo, Modesto Vicaña, y a su esposo Amador Vicaña.

La señora Quispe logró escapar del fusil escondiéndose en el corral.

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