IV Domingo de Cuaresma

Hermanos, estamos ante el IV domingo de Cuaresma, un tiempo en el que la Iglesia nos invita a combatir como Jesús lo hizo en el desierto ante el demonio. Debemos estar vigilantes, pues se acerca ya la Pascua, donde esperamos la resurrección de Cristo en la Vigilia. El libro de Josué nos dice: “Dijo el Señor a Josué: “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egip to”. Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y ce lebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes. El día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas. Y desde ese día en que comen zaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán” . Dios nos ha quitado el oprobio de la esclavitud de nuestros pecados, nos ha sacado del yugo del faraón y nos regala la tierra que prometió a nuestros padres.

En el Salmo 33 cantamos: “Gustad y ved qué bue no es el Señor. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Contem pladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará” . Contemplemos al Señor y salvaremos vuestras vidas, es muy importante que durante la Cuaresma, hagamos un alto y dediquemos un tiempo de contemplación de las Sagradas Escrituras. Recomienda el Papa que leamos el evangelio de cada día, y así en cada jornada de trabajo siempre estará Cristo. La carta de san Pablo en los Corintios, en la segunda lectura, nos dice: “Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha co menzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos en cargó el ministerio de la reconciliación” . En tiempos de Cuaresma, les encomiendo que vayan a recibir el sacramento de la reconciliación, es decir, la penitencia.

Confesar nuestros pecados nos hace humildes y nos cura de todas las mentiras que poseemos en el corazón. Para eso trabajamos al lado de Cristo, los presbíteros, los obispos, los apóstoles. Es como Dios que nos exhortará, por medio de Jesús, a reconciliarse con Él. El evangelio de hoy nos habla de la parábola del hijo pródigo: “Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: Pa dre, dame la parte que me toca de la fortuna. El pa dre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.

Pero el padre dijo a sus criados: Sacad en seguida la mejor tú nica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sa crificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado. Su hijo mayor estaba en el campo, cuando al vol ver se acercaba a la casa, oyó la música y la dan za, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobra do sano. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el terne ro cebado. El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; esta ba perdido, y lo hemos encontrado” . Hermanos, comiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo experimentamos la alegría del hijo perdido que es acogido por el padre.

El escándalo por parte del hermano mayor representa al fariseísmo, y quiénes eran los fariseos, hombres engañados que murmuraban de los publicanos y los pecadores, juzgaban a Cristo por acoger a los pecadores y sentarse junto a ellos. Es importante, reconocer que todos tenemos dentro este hombre mayor. Nos escandaliza la misericordia de Dios, nos ciega y aleja de Jesucristo. Esta parábola en especial, nos invita a todos a la conversión, a destruir nuestros egoísmos, a ver en Jesucristo a nuestro padre que nos ama y nos acoge. Esa es la misión de la iglesia. Ánimo porque Dios nos ama y nos invita a esta fiesta, la Pascua. Que la bendición de Dios esté con ustedes