Virus en la era de la información
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Todos sabemos cómo va la cosa, más o menos: en la ciudad China de Wuhan un virus de origen animal pasó a los humanos y empezó un proceso geométrico de infección en el país más poblado del mundo. Pronto Corea del Sur -de la del Norte poco se sabe- y Japón resultaron salpicados por el virus. Así, aeropuertos, puertos y establecimientos para la conglomeración de multitudes se convirtieron en cajas de eco de este mal. Ese fue, lamentablemente, el caso italiano: las autoridades postergaron el inicio a clases y a los centros de labores y muchos italianos lo tomaron como unas vacaciones. Ahora hay ya más 10,000 infectados.
Hasta el momento que escribí estas líneas había 34 casos confirmados en el Perú y se habían dictado algunas medidas interesantes: inicialmente solo un centro nacional de salud estaba en condiciones de confirmar o descartar la presencia del coronavirus. Ahora son los 9 los centros que, alrededor del país, podrán atender a nuestros compatriotas. Es loable el esfuerzo que médicos y profesionales de la salud hacen por cuidar las vidas de quienes han sido infectados por un virus que se transmite a través de la saliva, lo que lo hace especialmente complejo de controlar. Son héroes anónimos cuyo trabajo admiro.

Pero ahora vamos a la ciudadanía. En las ciudades se han difundido decenas y decenas de folletos informativos sobre qué hacer para evitar el coronavirus. La prensa se ha esforzado por hacer informes y reportajes sobre lo mismo y se ha entrevistado a las autoridades de la materia en nuestro país. Esa información ha sido difundida en televisión, en radio, en internet y hasta por cadenas de WhatsApp. La pregunta es: frente a tan abundante información… ¿Por qué tantos han decidido actuar completamente de espaldas a las indicaciones que las voces mejor autorizadas han puesto a nuestra disposición? Pongo ejemplos:
Hoy por la mañana leí que una numerosa congregación evangélica había decidido celebrar, de todos modos, su multitudinario rito sabatino. Uno podría decir: bueno, si ellos deciden arriesgarse -con toda la información disponible-, allá ellos. Pero no es así: porque esas centenas de hombre, mujeres y niños no viven en una burbuja de fe que los aísla del resto del mundo. Los sábados se reúnen, con todo derecho, a celebrar su fe. Pero el lunes irán todos a trabajar por toda la ciudad, usando servicios públicos de transporte y abrirán una ventana gigante a que el virus se expanda. Ojalá que no sea el caso, juegan con fuego.
Otra reacción inexplicable es la de miles de personas que han dejado desabastecidas las farmacias de cualquier tipo de mascarilla, comprando por cientos todo el stock disponible. Lo mismo ha pasado en supermercados en donde el agua, el papel higiénico, el arroz y el azúcar brillan por su ausencia. Pero lo más grave de todo: no hay jabón. Nos han repetido una y mil veces que evitemos conglomeraciones, mantengamos distancia de los demás transeúntes y que nos lavemos las manos con especial frecuencia para poder evitar que nos contagiemos. Pero algunos vivos han decidido comprarse todo el jabón.

Pareciera que todos los esfuerzos del gobierno y de la prensa por explicar el fenómeno han sido en vano: de qué le servirá a una familia lavarse las manos 18 veces al día si el mundo con el que interactúan no tiene jabón para hacerlo. Lo único que histerias en la demanda como esta generan son contracciones bruscas en la oferta: así como hay familias que tienen suficiente jabón como para lavarse durante un holocausto nuclear, esas mismas familias tienen vecinos que no tienen dónde comprar jabón. Y si unos se enferman, los otros estarán en altísimo riesgo de hacerlo, salvo que vivan en un búnker post apocalíptico.
Es necesario que se haga una campaña de llamado a la calma. Que se explique la baja tasa de mortalidad que este virus tiene y, sobre todo, que el frenesí frente a los productos más necesarios deja sin protección a los demás. Y estamos, justamente, en una de esas situaciones en las que la seguridad de los demás es la nuestra propia. Comportamientos como el que hemos venido viendo y líneas arriba describo no hacen más que profundizar el problema. Y, además, es inaudito que en tiempos en donde la información es tan abundante tengamos comportamientos tan obtusos. Calma, solidaridad y paciencia. Nada más.