Beto Ortiz: «Creo en la redención» [ENTREVISTA]

«Siempre he tenido una identificación con la gente que todo el mundo evita, dice el periodista que triunfa en la pantalla grande», señala el periodista.


El reconocido periodista Beto Ortiz es el personaje principal de ‘Corazones Vándalos’, un crudo, pero muy humano documental dirigido por Carla García, que narra sus experiencias como profesor de un taller de escritura en el penal Ancón 2. Conversamos con él para entender qué significó este reto para su vida y cómo esta aventura reconfiguró su propia concepción de la libertad.

La cinta se empezó a rodar en 2014 y a editar al año siguiente. Una historia que trata de la redención de la condición humana de los presos de una cárcel limeña.

¿Qué te atrajo de la cárcel para realizar este taller?

Mi afán era seguir el legado o rendirle un homenaje a mi madre que fue maestra en una escuela fiscal durante muchos años. Cuando yo era niño, iba al colegio con ella porque yo soy hijo único y no tenían con quién dejarme. Entonces, fui al colegio desde los dos años y medio, tres años y desarrollé esa especie de germen de la docencia porque mi abuelo materno fue maestro, seis de los nueve hermanos de mi madre fueron maestros. Como yo no terminé mi carrera y no tengo los diplomas necesarios para ejercer la docencia universitaria, aunque podría ejercerla bastante bien, pensé quiénes son las personas que más necesitan o que más olvidadas están.

A la hora de decidir dedicar mi tiempo a ese proyecto, podría decirte que seguí un criterio parecido al que sigo cuando, por ejemplo, voy a decidir adoptar un hijo, o sea un perro, que son tan importantes para mí. Nunca escojo a los perfectos, a los que todos quieren, a los peluches, a los cachorros, escojo siempre a los chancados, a los que son o enfermos o golpeados o perros de pelea, o viejos, incluso tuertos (risas). Los perros que todo el mundo rechaza, los callejeros, esos son los que adopto. Y me pasó algo parecido, en este caso en vez de ir a enseñar a la UPC o a la de Lima, me pareció que era mejor ir al penal. Siempre he tenido una identificación con la gente que todo el mundo evita. Probablemente porque me pasa lo mismo en muchos espacios.

¿Tú te consideras una persona libre? ¿Qué impacto tuvo esta experiencia en tu propia concepción de la libertad?

Yo creo que todos somos esclavos a nuestro estilo, creo que no hay forma de ser completamente libres en este mundo, en esta época. Sin embargo, hay gente que se resigna a perder su libertad de todas las maneras posibles y a veces parece que fuera el objetivo de su vida. Yo veo, por ejemplo, amigos jóvenes que se llenan de hijos, de compromisos, de trabajos, de cachuelos, de deudas, de créditos y pienso que eso es justamente lo que yo no quiero en la vida. Hay que escoger entre seguridad y aventura, como escribía Juan Gonzalo Rose y yo prefiero la aventura. Sin embargo, hay que saber que el precio de la libertad es la soledad, pero la soledad no te garantiza la libertad, entonces siempre vamos a ser esclavos de algo.

Lo que ha pasado es que yo he hecho siempre todo lo posible por conservar mi libertad en el sentido amplio de no ir preso (risas) y me he ido a EE.UU. para que Toledo no me meta preso, me he ido a México, para que Castillo no me meta preso y siempre he tenido muy en claro que es lo más valioso que tengo. Pero luego, comparando mi vida con la vida de las personas privadas de su libertad, me doy cuenta que damos la libertad por sentada, la damos por hecha, creemos que viene gratis, que viene con el paquete, que es algo que nos merecemos. Y, la verdad, es que es algo que hay que cuidar y proteger y lo puedes perder en un instante y el ejemplo más trágico de ello, que tengo a la mano, es mi amigo Mauricio.

BETO ORTIZ
Esta experiencia me terminó de demostrar que la libertad es un bien muy frágil y al mismo tiempo invalorable. Es lo más importante que tenemos, pero, aun así, uno busca maneras de ser esclavo. Yo por ejemplo, me volví esclavo de los presos. Ahora estoy buscando de qué ser esclavo, probablemente.

¿Qué sorpresas te llevaste al trabajar con estos chicos? ¿Qué fue lo mejor que encontraste a nivel de escritura?

Sorpresas, hubo muchas. Oswaldo Reynoso, en una de las varias ocasiones en que fue al penal, les dijo “Vivan intensamente, porque si no de qué mierda van a escribir”. Y vaya que todos estos chicos han tenido vidas no solamente intensas, sino tremendas, terribles, trágicas, tempestuosas, torturadas. Entonces, a la hora de sentarse a escribir, ellos solo tenían que escarbar en su propia biografía para encontrar una cantidad de historias inenarrables de violencia, de miseria, de soledad, de abuso y no hacía falta que fueran plumas privilegiadas, o tuvieran un estilo, bastaba con lo que tenían para contar.

Aun así, la lectura les fue forjando un determinado estilo de escritura y como se puede ver en el libro, de los doce que llegaron a ver publicados sus cuentos, sus poemas, sus canciones, las páginas de sus diarios o sus cartas, hay por lo menos 4 o 5 que yo creo que están listos para publicar un libro solos.

Menciono solamente un par de nombres: Lorenzo Chávez Fernández, que es uno de los personajes de la película, que escribía canciones y pasó a escribir relatos y poemas y fue el autor de la mitad del poema “Madre Nuestra”, que hicimos para las internas de Chorrillos y Percy Maza, que es un muchacho que vino de Piura, que vino de las chacras, de un ambiente muy agrario y lleno de abuso, casi un esclavo de los tiempos modernos y la verdad es que cuando comenzó a escribir y a contar sus historias, sentí que estábamos ante un nuevo Goyo Martínez o un nuevo Gálvez Ronceros…su estilo de relato oral, con tantos regionalismos, con tanta naturalidad, con una crudeza que por momentos es conmovedora. Fue fantástico, porque en el caso de Percy, como en el de Lorenzo, son chicos que a duras penas acabaron el colegio o lo acabaron en la cárcel y que nunca tuvieron un libro en sus manos, más allá del Coquito o el libro de matemática. Entonces, la magia que ocurrió fue fantástica.

En el documental se hace énfasis en cómo te comprometiste con los chicos a tal punto de hacerte cargo de sus vidas. ¿Por qué crees que pasó esto?

Porque, como digo en el prólogo del libro, necesitaba que me necesitaran. La verdad, es que habiendo estado a cargo de mis padres durante quince o veinte años, hasta que ambos murieron, yo era necesario, me sentía necesario y en el momento en que te quedas solo y no tienes padres ni hijos ni hermanos ni pareja, ni nada, te vuelves superfluo, te vuelves dispensable porque nadie te necesita, no le sirves a nadie. Esa era mi sensación.

Quería volver a servir para algo y me hice todas esas responsabilidades desmesuradas y absurdas, imposibles de cumplir, desde todo punto de vista. No solamente el económico que, como cuento en la película, me llevó a la bancarrota (risas) y terminé casi embargado por la SUNAT, porque usaba todo el dinero que ganaba en las necesidades de mis alumnos, sino porque mi tiempo, mi pensamiento, mis preocupaciones, mis prioridades, estaban allá, en la cárcel. Olvidarse del todo de uno mismo tampoco es una buena idea. Entonces, sí, como dice Mauricio, crucé una línea, pero ¿quién no ha cruzado una línea alguna vez?

BETO ORTIZ
¿Crees en la redención?

Sí creo en la redención, absolutamente. La sinopsis de la película dice: “Un periodista aburrido de su rutina empieza a dictar un taller de literatura en un penal creyendo que en ello encontrará la redención de los presos y la suya propia y fracasa en ambos intentos”. Y eso lo dice de manera un poco injusta, porque no siento que fracasé, yo creo que si tú tratas de -no diré salvar, porque no soy salvavidas, ni un mesías- pero si tratas de mejorar la vida de cuarenta personas y mejoras la de quince o diez o cinco o uno, ya es una victoria.

Y si bien tengo un alumno que acaba la universidad este año y se gradúa como bachiller en comunicaciones, cosa que yo no logré hacer, no era necesario que todos tuvieran diplomas y bachilleratos. Es un triunfo que de esos 37 delincuentes -digo 37 porque los otros tres están presos todavía-, el íntegro ahora se gane la vida honradamente, como mototaxistas, ambulantes, confeccionistas, tatuadores, barberos, cobradores de combi, pero ya no asaltando, ni haciendo daño. Eso no es un fracaso.

«Apenas conoces la fama, te das cuenta de que no es bonita»

La periodista Patricia Salinas hace un análisis interesante de tu actitud ante la idea de la fama. ¿La fama es una cárcel?

Respecto a la fama, yo creo que la gente no famosa, la gente que tiene la fortuna de tener una vida privada y no estar permanentemente en el ojo de la tormenta, sobrevalora los efectos de la fama. Además, a los periodistas de prensa escrita les encanta formular teorías y pontificar sobre lo que pasa con la fama, que desubica a las personas, los vuelve vivos, los desconecta de la realidad, nos vuelve a todos Reymond Mancos enloquecidos, que no saben qué hacer con el éxito y la popularidad.

Eso me pasó cuando recién me hice conocido, a inicios de los 2000, no voy a decir que no. Nadie está listo para que todo el mundo te abrace, te aplauda… Pero la fama es un efecto secundario de trabajar delante de cámaras…Es inevitable y uno lo tiene que aprender a sobrellevar como me imagino los futbolistas asumen que su trabajo va a implicar en algún momento que te rompan la pierna de una patada.

Es una consecuencia, no es un objetivo. Así como nadie se mete a jugar fútbol profesional para que le rompan la pierna, yo no me metí a hacer periodismo de televisión para ser famoso. No te voy a negar que en algún momento me pareció una idea atractiva, pero apenas conoces la fama te das cuenta que no es bonita. Y que es más bien una discapacidad (risas). Hay un montón de cosas que no puedes hacer, porque la gente te va a mirar.

Y por eso disfrutaba vivir en México y en EE.UU., porque volvía a ser nadie y me encantaba, poder salir a caminar, sentarme en una terraza, mirar a la gente pasar en un parque y que nadie me joda. Pero no me puedo quejar porque, nuevamente, si a un futbolista le rompen la pierna no se puede quejar. ¿Para qué te metes a jugar fútbol?

Por Sol Pozzi-Escot

BETO ORTIZ

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