La venganza de Sendero contra los ronderos
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Por Italo Oberto-Besso

Con una ráfaga de metralletas, las huestes terroristas, ocultas entre los matorrales de la ribera del río Apurímac (Ayacucho) renunciaron a sus intentos de sumar a los campesinos a su ‘lucha armada’ e iniciaron la venganza por haberse decidido a enfrentar a Sendero Luminoso.

El hecho ocurrió, según contó uno de los atacantes, el mediodía del 7 de junio de 1982. Las huestes terroristas dispararon contra cuatro lanchas que llevaban a 39 ronderos, miembros de la Defensa Civil Antisubversiva (DECA) que transportaban medicinas a la localidad de Pichihuillca, a quienes sometieron a brutal tortura.

Pese a que se encontraban desarmados y se habían entregado sin oponer resistencia, los terroristas llevaron a los ronderos hacia la ribera del río, la zona pantanosa. Ahí los ataron a los árboles y con navajas de afeitar y cuchillos les arrancaron, aún con vida, los ojos de sus cuencas y les cortaron los testículos.

Aquel despiadado ataque fue dirigido por el terrorista conocido como ‘camarada Emerson’.

El criminal conocido con el alias de ‘camarada Simón’, tras su captura en Oyón, en 1992, confirmó su participación en esta masacre ante los agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército y sin rasgo de piedad o arrepentimiento contó los detalles del truculento hecho.

“A por lo menos veinte de ellos les abrimos la panza y vivitos los destripamos. Riñones, hígado, pulmones y corazón los dejamos para que se los coman los lobos del monte”, sostuvo el asesino sin remordimiento.

Al día siguiente, contó Simón, veinte ronderos más tuvieron ese mismo trágico final .

LA UTOPÍA FRACASADA

Antes de este horrendo crimen, Sendero Luminoso había fracasado en todos sus intentos en sumar a los campesinos de las distintas comunidades de Ayacucho. Sus intentos de convencer a los comuneros, en la mayoría de los casos, habían generado el efecto contrario de lo esperado: sus promesas y rollos ideológicos eran escuchados con desconfianza.

Su llegada a las comunidades con las armas en ristre, robos de animales y alimentos, y su soberbia provocaba la indignación de aquellos modestos agricultores, pastores y artesanos.

Quedaba demostrado que aquella estrategia que aparecía en sus cuadernos de adoctrinamiento y estrategia –“El campesinado [es] la base de la guerra popular” o “ésta es una guerra campesina o no es nada”- era una ilusión más que una estrategia: al comunero no le interesaba ese discurso de guerra popular o reivindicación de derechos.

Fue ahí que, hartos de que algunos jóvenes cayeran incautos en sus consignas, las amenazas, y robos, los comuneros, lejos de sumarse a sus proclamas, se enfrentaron a los terroristas y son varios los enfrentamientos registrados en que dejaron cadáveres, de ambos lados, pudriéndose al sol o amontonados en fosas comunes.

LOS RONDEROS

Los comuneros de Ayacucho, primero, se organizaron en rondas que vigilaban y protegían a las comunidades, pasaron a llamarse Defensa Civil Antisubversiva (DECA) y posteriormente serían los Comités de Autodefensa (CAD). Se convirtieron en la primera línea de la lucha contra la insania terrorista, en Ayacucho, Junín y parte del hoy llamado Vraem.

Los comuneros se convirtieron en los enemigos a los que había que destruir para Sendero Luminoso. Veían a los miembros de los CAD como soplones y traidores y a partir de ese momento prometieron la guerra contra aquellos que no quisieron sumarse en su barbarie.

El ataque del río Apurímac, que hoy se prefiere condenar al olvido, fue el comienzo de esa venganza y, en su locura, no escatimaron crueldad ni fueron capaces de responder a los pedidos de piedad.

“De esta manera, a mediados de los años ochenta, cada vez más campesinos se ven involucrados en la guerra. La noción de un campesinado atrapado entre dos fuegos se ajusta cada vez menos a la realidad. Ahora son actores de la guerra y la guerra campesina contra el Estado que había propagado el PCP-SL concluyó, en muchos casos, en enfrentamientos entre los mismos campesinos”, señala la CVR.

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