Los dilemas de Vincent van Gogh entre el amor y la fe

El genio que supo romper las ataduras de la fe por la fuerza de su amor por “Kee”, aunque haya terminado en el suicidio.

Por Plinio Esquinarila

Una de las cartas del pintor Vincent Van Gogh -la signada con el número 520 de agosto de 1888- resume el grave dilema que entre religión y naturaleza marcó su atormentada vida: «Quisiera pintar hombres y mujeres con un halo de eternidad, lo que en otro tiempo estaba simbolizado por la aureola de los santos y que nosotros ahora tratamos de representar con la luminosidad y la vibración de nuestros colores».

Eso, los colores, que el experto José Navarro resaltó años atrás en el portal vggallery.com al analizar la vida y obra del artista holandés cuya producción, de menos de diez años, lo ubicó entre los genios de la historia del arte, una vida que se truncó con el suicidio.

Si bien en ese mismo 1888, a sus escasos 35 años, señala que “amar con voluntad e inteligencia conduce a Dios“, también es cierto que por el positivismo de su tiempo y las nuevas corrientes de la vanguardia artística encuentra en la naturaleza y en los colores vivos (y no tanto en Dios) el leitmotiv de su arte.

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Se puede decir que esos dos factores están intrincados y tienen sus orígenes en la infancia y en su padre, un pastor de la Iglesia Reformada Holandesa, y se expresan con claridad en la madurez de Vincent, con la atingencia que el factor naturaleza avanza hasta poner en cuestión el tema de la fe en tanto es una necesidad vital, sobre todo para el amor.

Los que siguen la obra de Vincent ubican precisamente en el centro de esa lucha entre la razón y la fe, al amor de su vida que era su prima “Kee” (Cornelia Vos-Stricker), amor incomprendido o negado por la fuerza de la misma religión porque el padre de la joven, el reverendo Stricker, también era un pastor que educaba a su hija en la rigidez de la ortodoxia cristiano-protestante.

‘Kee’ era la esperanza de Vincent para constituir una familia, esto tras el rechazo de otra mujer, Eugénie Loyer, shock. La sucesión de desengaños era demasiada y es así como llega el momento en que se resienten sus creencias en la palabra de Dios.

Vincent constata entonces en su Carta 164 de diciembre de 1881 que «… ella [‘Kee’] se encuentra como en una prisión, no puede hacer lo que desea y siente una especie de resignación, y yo creo que el jesuitismo de la religión y de las señoras pías hacen más impresión en ella que en mí… pero ella cree en ellos y no puedo luchar».

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